Lo que no sabía que estaba sosteniendo
Hay momentos en los que miro lo que estoy haciendo y no reconozco del todo al que empezó. No porque sea otro, sino porque ha cambiado la forma de estar dentro. Antes necesitaba empujar, demostrar, ocupar espacio. Ahora me sorprendo sosteniendo cosas más frágiles, más lentas, más difíciles de explicar.
Esta imagen tiene algo de eso. De cuerpo firme por fuera y dudas por dentro. De alas que no prometen huida sino peso. De corazones que no se exhiben como símbolo romántico, sino como mecanismo cansado que sigue funcionando a pesar de todo. No me interesa la perfección ni la heroicidad: me interesa la tensión de seguir aquí cuando no hay épica.
Últimamente pienso mucho en todo lo que he tenido que soltar para llegar hasta este punto. Versiones de mí que ya no me servían. Expectativas ajenas. Ritmos que no eran los míos. Incluso ciertas formas de entender el éxito, la validación o la urgencia. No ha sido un proceso limpio ni elegante. Ha sido más bien torpe, contradictorio, lleno de idas y venidas.
Crear se ha convertido en una forma de ordenar sin cerrar. De dejar preguntas abiertas. De aceptar que algunas piezas no encajan todavía, pero aun así merecen existir. Hay días en los que dudo de todo, incluso de si esto tiene sentido. Y otros en los que entiendo que el sentido no está en llegar, sino en no abandonarme por el camino.
Esta etapa no va de empezar de cero, sino de integrar. De aceptar todo lo aprendido —lo bueno y lo incómodo— y permitir que conviva sin jerarquías. No quiero borrar mis contradicciones; quiero trabajar con ellas. Que estén visibles. Que respiren.
Sigo buscando, pero ya no desde la ansiedad de encontrar algo definitivo. Busco desde un lugar más honesto: el de quien sabe que crear no es escapar, sino quedarse un poco más dentro de uno mismo.
Y quizá eso, ahora mismo, es suficiente.