OBK – Nunca me Quisiste – VideoClip Dirigido por Garbi KW

Este videoclip nace de una conversación larga, abierta y muy compartida con Jordi, en la que desde el principio tuvimos claro que queríamos alejarnos de una ilustración literal de la canción para construir un universo simbólico capaz de sostener emocionalmente el relato del desamor. No queríamos explicar la historia, sino crear un espacio donde esa historia pudiera sentirse. La canción ya contiene una carga emocional muy intensa, muy directa, muy humana, y nuestra intención fue construir un lenguaje visual que no compitiera con ella sino que ampliara sus resonancias.

El proceso ha sido profundamente colaborativo. Jordi ha estado presente en todas las fases: desde la definición de la estética hasta la selección final de escenas, pasando por la elección de metáforas, la intensidad de ciertos momentos y el equilibrio entre dureza y delicadeza. Hemos trabajado en un diálogo constante, probando ideas, descartando muchas, afinando otras, buscando siempre que cada imagen aportara una capa nueva de significado. Ha sido un proceso de ensayo y error muy orgánico, donde cada decisión generaba nuevas preguntas. El objetivo no era ilustrar un concepto previo cerrado, sino permitir que el propio proceso fuera revelando qué forma debía tomar el vídeo.

La estética parte de una mezcla muy concreta de referencias que forman parte de mi imaginario desde hace años: lo kawaii, el pop art y el kitsch, especialmente en relación con las figuras de porcelana tipo Lladró. Estas figuras tienen una presencia muy particular en mi memoria. Crecí en un entorno emocionalmente complicado, a veces hostil, y recuerdo esas figuras como objetos extraños que convivían con esa realidad. Siempre me produjeron una sensación ambigua: eran bonitas, delicadas, aparentemente inocentes, pero al mismo tiempo tenían algo inquietante, casi perturbador. Esa tensión entre lo bello y lo incómodo me ha acompañado siempre, y suelo volver a ella como un territorio emocional fértil.

El lenguaje kawaii ha estado muy presente en muchos de mis trabajos, pero a menudo se asocia automáticamente con lo infantil. Durante años, eso ha provocado que algunos proyectos acabaran orientándose hacia un público infantil, cuando en realidad mi interés por lo kawaii no tiene que ver con la infancia sino con la fragilidad, la vulnerabilidad y la capacidad de los símbolos aparentemente ingenuos para contener emociones muy complejas. En este vídeo queríamos precisamente reivindicar que esta estética puede funcionar en un registro completamente adulto. La historia que cuenta la canción es dura, en algunos momentos cruel, y sin embargo el contraste con la apariencia de muñeco delicado intensifica esa dureza en lugar de suavizarla.

Las figuras que aparecen en el vídeo funcionan como pequeños cuerpos simbólicos. Son personajes aparentemente frágiles, casi como figuritas de colección, con una materialidad cercana a la porcelana o a la resina pulida. Esa decisión no es casual: el material habla de idealización, de algo que parece perfecto pero que es extremadamente vulnerable a la ruptura. La superficie brillante refleja una idea de perfección emocional que poco a poco se va resquebrajando. La historia comienza en un territorio de aparente armonía, donde los colores pastel, la suavidad de la iluminación y el minimalismo del entorno generan una sensación de calma artificial, casi suspendida. A medida que la canción avanza, esa armonía empieza a mostrar grietas.

Desde el principio nos interesaba que el vídeo evolucionara desde una sensación de felicidad delicada hacia un territorio cada vez más extraño. La psicodelia aparece como una forma de expresar la distorsión emocional que se produce cuando una relación empieza a romperse. No se trata de una psicodelia literal o decorativa, sino de una alteración progresiva del significado de los objetos. El corazón, por ejemplo, aparece primero como símbolo de vínculo y más tarde como objeto fragmentado. Las alas, que en un primer momento sugieren ligereza o posibilidad, se convierten en símbolo de limitación cuando son rotas o separadas del cuerpo. La idea de impedir que alguien pueda volar conecta directamente con la noción de amor tóxico: la relación deja de ser un espacio de crecimiento para convertirse en un mecanismo de control.

El uso de escenarios minimalistas responde a una voluntad de concentración emocional. Al reducir los elementos visuales al mínimo, cada gesto adquiere más peso simbólico. Un sofá blanco puede convertirse en un espacio de intimidad, pero también en un lugar de distancia emocional. El fuego aparece como una metáfora doble: la pasión que consume y el desgaste que destruye. La imagen de una aparente vida feliz que arde lentamente refleja esa contradicción entre la imagen externa de la relación y la experiencia interna de desgaste. En algunos momentos, la estética recuerda a una fotografía de producto extremadamente limpia, casi clínica, y esa frialdad ayuda a enfatizar la sensación de artificialidad de la relación.

Algunas escenas introducen elementos más explícitamente simbólicos: la jaula, el laberinto de espinas, los espejos, las repeticiones del personaje femenino, la fragmentación del corazón, la distancia física entre los personajes. Todos estos elementos funcionan como variaciones de una misma idea central: la dificultad de escapar de un vínculo que se ha vuelto dañino. El laberinto introduce la idea de pérdida y desorientación emocional. La jaula habla de aislamiento y autoencierro. Los espejos multiplican la percepción de uno mismo y del otro, generando una sensación de repetición que conecta con la idea de patrón emocional que se repite incluso cuando intentamos cambiarlo.

En el vídeo aparecen también escenas de cuidado ambiguo, como el gesto de cubrir al otro con una manta o el ofrecimiento de una flor. Nos interesaba que estos momentos no fueran unívocos. En una relación dañada, incluso los gestos aparentemente amables pueden tener una carga contradictoria. La escena en la que la manta es retirada introduce la idea de egoísmo emocional: la protección puede convertirse en vulnerabilidad expuesta. En ningún momento hemos querido construir un personaje femenino malvado. La historia está contada desde la perspectiva de la letra de Jordi, pero somos conscientes de que toda historia de desamor tiene múltiples versiones. Probablemente, si el relato estuviera contado desde el otro lado, la narrativa sería completamente diferente. El objetivo no era juzgar a ninguno de los personajes, sino mostrar cómo el desamor puede transformar la percepción de la realidad.

La repetición de motivos visuales genera una sensación de progresiva fractura. Los muñecos, que al principio parecen intactos, van mostrando signos de desgaste emocional. La distancia física entre los personajes aumenta. La iluminación se vuelve más contrastada. Aparecen entornos más oscuros y abstractos. El fuego introduce una dimensión más dramática, mientras que los espacios vacíos enfatizan la soledad. La imagen final de lágrimas refuerza la idea de que el proceso emocional culmina en una forma de reconocimiento del dolor.

El proceso técnico ha sido también una exploración de lenguaje. Hemos trabajado con un sistema de creación visual que nos ha permitido generar múltiples variaciones de cada escena, afinando pequeños detalles de expresión, iluminación, composición o simbolismo. Este método recuerda en cierta manera al proceso que seguimos en el videoclip de “Berlin”, donde se trabajó a partir de una gran acumulación de materiales, imágenes y referencias que posteriormente fueron organizadas hasta encontrar una coherencia visual. En ambos casos, el proceso ha sido intensivo y muy artesanal, aunque las herramientas sean digitales. La cantidad de iteraciones necesarias para llegar a una imagen aparentemente simple es considerable. Cada pequeño gesto de los personajes ha sido ajustado para que transmitiera la emoción adecuada.

Una de las claves del proyecto ha sido la creación de un universo muy contenido pero muy coherente. Con muy pocos elementos hemos construido un lenguaje visual capaz de sostener una narrativa emocional compleja. Esto ha sido posible gracias al diálogo constante con Jordi, que ha participado activamente en la selección de escenas y en la definición del ritmo emocional del vídeo. Algunas ideas iniciales fueron descartadas porque no aportaban claridad o porque desviaban la atención del núcleo emocional de la canción. Otras escenas fueron desarrolladas con más profundidad para reforzar la continuidad narrativa.

Personalmente, este proyecto conecta con mi interés por seguir jugando con diferentes estilos incluso en la edad adulta. El juego, entendido como exploración estética, no pertenece exclusivamente a la infancia. Es una forma de pensamiento visual. El uso de una estética aparentemente ingenua permite abordar temas complejos desde un ángulo inesperado. Lo kawaii, lo pop y lo kitsch funcionan aquí como un lenguaje emocional que no busca nostalgia sino extrañamiento. La belleza superficial de los personajes contrasta con la dureza de las situaciones que atraviesan, generando una tensión que refleja la complejidad del desamor.

Creo que el vídeo tiene algo universal porque trabaja con símbolos muy básicos: el corazón, la distancia, el fuego, la repetición, la fragilidad. Son elementos que cualquier persona que haya vivido una ruptura puede reconocer de alguna manera. Al mismo tiempo, el lenguaje visual es muy personal y está profundamente vinculado a mi trayectoria artística. Esta combinación entre lo íntimo y lo compartido es algo que buscábamos desde el inicio.

Estoy profundamente agradecido a Jordi por la confianza depositada en el proceso. Ha sido un proyecto muy libre, muy abierto a la experimentación, y eso ha permitido que el resultado final conserve una identidad muy clara. La colaboración ha sido constante y generosa, y creo que el vídeo refleja ese diálogo continuo. Hemos construido un pequeño universo con muy pocos elementos, pero capaz de contener muchas capas de significado. Un universo donde lo delicado y lo inquietante conviven, donde la belleza puede romperse, y donde la emoción se transforma en imagen.

Este videoclip demuestra que una estética asociada a menudo con lo infantil puede funcionar como vehículo para una narrativa adulta, compleja y emocionalmente intensa. La fragilidad de la porcelana, la artificialidad de los materiales, la repetición de los símbolos y la evolución de la luz construyen una historia que no pretende ofrecer respuestas, sino abrir un espacio de resonancia emocional.

Al final, el vídeo habla de algo muy simple y muy difícil a la vez: la experiencia de querer y no ser querido de la manera que uno esperaba. Y cómo esa experiencia puede transformar la percepción de uno mismo y del otro. Es una historia que no pertenece solo a los personajes del vídeo ni a la letra de la canción, sino a cualquiera que haya sentido alguna vez que algo hermoso empezaba a romperse lentamente.

Date: