Cuando el encargo y lo personal se encuentran
Durante años he intentado separar con cuidado lo que hago por encargo de lo que hago para mí.
Como si fueran compartimentos estancos: aquí el trabajo, aquí lo personal; aquí lo que se paga, aquí lo que importa.
La realidad nunca ha funcionado así.
Trabajar para otros —sobre todo en proyectos largos y exigentes— deja huella.
No solo técnica, también mental.
El ritmo, la presión, la necesidad de resolver, de llegar, de cumplir con algo que no siempre nace de ti.
En el caso de las visuales, por ejemplo, he aprendido a mirar el tiempo de otra manera.
A entender cuándo una imagen aguanta, cuándo estorba, cuándo necesita desaparecer.
Eso no lo aprendí en un proyecto íntimo, lo aprendí afinando cosas para otros, a base de prueba, error y desgaste.
Pero lo curioso es que eso no se queda ahí.
Se filtra.
De repente, cuando trabajo en algo propio, aparece esa exigencia.
Ese oído más fino.
Ese sentido del ritmo que antes no tenía.
No porque quiera hacer “algo profesional”, sino porque ya no puedo mirar igual.
También aparece el conflicto.
Porque el encargo te entrena para obedecer, para corregir, para rehacer sin apego.
Y lo personal necesita justo lo contrario: tiempo, intuición, a veces desorden.
A veces noto que lo aprendido para otros intenta imponer su ley en lo mío.
Como una voz que dice “esto no aguanta”, “esto es demasiado”, “esto no funciona”.
Y tengo que decidir cuándo escucharla y cuándo callarla.
No reniego de esa contaminación.
Sería falso hacerlo.
Todo lo que soy ahora como artista está atravesado por trabajos que no firmaban mi nombre, por decisiones ajenas, por límites impuestos.
La cuestión no es evitar que se mezclen.
La cuestión es quién manda.
Aprender a usar lo que el encargo te ha dado —ritmo, precisión, resistencia— sin dejar que te quite lo más frágil:
la duda, el riesgo, la posibilidad de equivocarte sin que nadie lo evalúe.
Ahora mismo estoy en ese punto.
Dejar que lo aprendido me sostenga, pero no me encierre.
Usar la experiencia como herramienta, no como jaula.
Porque al final, incluso cuando trabajo para otros, lo que está en juego no es solo cumplir.
Es no perderme.