Cuando el futuro deja de ser promesa y se vuelve paisaje
Vivo rodeado de pantallas que emiten algo incluso cuando no las miro.
Ritmos mínimos, figuras rosas que respiran en bucle, garabatos que aparecen encima como si fueran polvo del aire. Trabajo ahí dentro muchas horas seguidas y, sin darme cuenta, dejo de pensar en qué vendrá después. La pieza no es un paso: es la habitación.
Antes todo era un prólogo.
El mural llevaría a otra cosa.
El vídeo abriría otra puerta.
La siguiente etapa arreglaría la anterior.
Siempre había un “cuando acabe esto”.
Ahora el sonido sigue sonando mientras preparo café, mientras cae la noche sobre la mesa, mientras los perros duermen sin saber que están dentro de un estudio improvisado. No hay inauguración posible para eso. Solo continuidad. Como el zumbido del frigorífico o el tráfico lejano: deja de anunciar algo y pasa a ser el aire.
He vivido suficientes cambios de formato como para desconfiar de la idea de llegada. Pintura, calle, pantallas, archivos, directos, capas encima de capas. Cada vez parecía que el siguiente lenguaje ordenaría todo lo anterior y lo convertiría en una biografía coherente. Nunca pasó. Lo único estable era la insistencia.
El futuro ya no funciona como destino. Funciona como luz ambiente.
No me empuja. Me rodea.
Trabajo igual un martes cualquiera que el día en que alguien presta atención. Las piezas no están ensayando su versión definitiva: están ocupando tiempo, como lo ocupan los animales o las plantas. El proyecto no avanza; se queda. Yo tampoco progreso exactamente: me instalo.
A veces noto algo raro: ya no imagino el momento en que todo encaje.
No hay ese plano final donde la vida adquiere argumento.
Hay, en cambio, una mesa, cables, música repitiéndose, dibujos que no se agotan aunque yo sí, y la sensación tranquila de estar dentro de algo que no necesita explicación urgente.
Antes trabajaba para llegar a la obra.
Ahora la obra es el lugar donde paso las horas.
El futuro sigue ahí, pero ha perdido su dramatismo.
Es como el clima: cambia, afecta, pero no promete.
Solo acompaña mientras sigo haciendo ruido suave en esta especie de refugio eléctrico que, sin darme cuenta, he terminado habitando.