El archivo que respira

No sabía que guardar era una forma de fe.

Durante años fui acumulando cuadernos como quien entierra cápsulas del tiempo sin fecha de apertura. Agendas manchadas, hojas arrancadas, bocetos torpes, listas de ideas que nunca llegaron a nada, preparaciones obsesivas de proyectos que luego cambiaron de rumbo o murieron antes de nacer. No los guardé pensando en un legado. Los guardé porque no sabía tirarlos. Porque intuía que ahí había algo que todavía no entendía.

Ahora, cuando los abro, no me reconozco del todo.

Hay dibujos que me parecen ingenuos. Hay frases subrayadas con furia que hoy me resultan exageradas. Hay ambiciones desmedidas que me enternecen y otras que me asustan por lo poco que sabían del mundo. También hay una energía cruda, una hambre limpia, una insistencia casi animal que echo de menos.

El problema no es que sean antiguos.
El problema es que siguen vivos.

Un archivo no es una caja muerta.
Es un organismo que respira cuando lo miras.

Cada vez que hojeo uno de esos cuadernos siento que se activa algo. No es nostalgia. Tampoco es orgullo. Es una especie de corriente subterránea que conecta todas mis versiones: el que pintaba paredes pensando que iba a cambiar algo, el que se obsesionaba con lo más difícil, el que probaba formatos que nadie entendía, el que creía que cada proyecto era definitivo.

Me doy cuenta de que no he cambiado tanto como pensaba.

He cambiado de herramientas, de contexto, de escala. Pero las obsesiones están ahí: repetir, probar, tensar, acumular, desmontar. La forma varía; la pulsión no.

Y entonces aparece la pregunta incómoda:
¿qué hago con todo esto?

Podría convertirlo en reliquia. Ordenarlo, fecharlo, musealizarlo. Convertir mi pasado en argumento de autoridad. Pero eso lo mataría. Lo volvería estático. Y no quiero que sea museo.

Tampoco quiero esconderlo como si fuera una fase vergonzante. No lo es. Es la materia prima de lo que hago ahora, aunque ya no dibuje igual, aunque ya no piense igual, aunque ya no viva en los mismos lugares.

El archivo respira porque no está cerrado.
No es pasado: es sedimento.

A veces imagino esos cuadernos como capas geológicas. Cada etapa dejó su estrato: el graffiti efímero, el vídeo imposible de monetizar, el dibujo digital cuando todavía se dudaba de su legitimidad, las pruebas que nadie vio, los proyectos que no salieron. Nada fue inútil. Todo es presión acumulada.

Quizá el error sería intentar integrarlo todo de golpe en lo que hago ahora. Forzarlo. Hacer que encaje estéticamente. Lo viejo no necesita parecer contemporáneo para ser válido. Lo que necesita es contexto. Respiración.

Lo curioso es que, al revisar esos papeles, desaparece la ansiedad por el futuro. Veo ciclos. Veo cómo creí estar en el proyecto de mi vida varias veces. Veo cómo algo que parecía definitivo se transformó o se disolvió. Y, sin embargo, sigo aquí.

El archivo me enseña eso:
no soy una etapa.
Soy la continuidad entre todas.

Quizá no se trata de decidir si usarlo o guardarlo.
Se trata de aceptarlo como parte activa de lo que soy.

No como museo.
No como nostalgia.
Sino como pulmón.

Respira conmigo cuando creo algo nuevo.
Respira cuando dudo.
Respira cuando siento que todo empieza otra vez.

Y eso me tranquiliza.

Porque si he sido tantas versiones y ninguna me destruyó del todo, entonces tampoco esta será la última.

Written by:

Garbi KW propone un trabajo híbrido entre muchas disciplinas dispares: arte urbano, diseño, arte, publicidad, cine, instalaciones, collages, videoarte, cartelismo, pintura, lustración, actos performativos, moda, etc.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *