El barroco queer
Hay una serie de imágenes que vuelven una y otra vez en mi trabajo: ángeles, corazones atravesados, cuerpos masculinos casi escultóricos, flores que parecen sacadas de un altar, columnas, iconografía religiosa mezclada con colores artificiales o gestos kitsch. No es algo programado. Más bien es un clima visual que reaparece con naturalidad cuando construyo imágenes.
Con el tiempo he entendido que ese territorio tiene una genealogía muy concreta: lo que podríamos llamar barroco queer. No es un estilo oficial ni una escuela cerrada, pero sí una sensibilidad que atraviesa distintas épocas del arte.
El barroco histórico ya tenía todos los ingredientes: teatralidad, emoción exagerada, cuerpos idealizados, iluminación dramática, símbolos religiosos convertidos en espectáculo visual. Basta mirar a Bernini, Caravaggio o la imaginería religiosa del sur de Europa para entender que el barroco siempre trabajó con un tipo de intensidad muy corporal.
Ese lenguaje visual —el cuerpo elevado a símbolo, el exceso ornamental, la emoción convertida en escenografía— ha sido reapropiado muchas veces por artistas queer contemporáneos.
Uno de los ejemplos más evidentes es Pierre et Gilles, que transformaron la iconografía religiosa en un universo pop cargado de artificio: santos convertidos en marineros musculosos, vírgenes rodeadas de flores de plástico, cuerpos idealizados iluminados por neones. Sus imágenes funcionan como retablos contemporáneos.
También aparece en Jean Cocteau, donde los cuerpos masculinos se convierten en figuras mitológicas, casi escultóricas, suspendidas entre lo clásico y lo onírico.
O en David LaChapelle, que mezcla religión, cultura pop y erotismo en composiciones saturadas que recuerdan directamente al barroco en su teatralidad.
Incluso artistas como Keith Haring, aunque desde un lenguaje completamente distinto, heredan esa idea de iconografía potente y simbólica: figuras simplificadas que funcionan casi como santos de un nuevo panteón urbano.
Lo interesante es que ese imaginario religioso nunca desapareció del todo del arte contemporáneo. Simplemente cambió de contexto.
En mi caso hay también un recuerdo muy temprano que probablemente tiene que ver con esto. Crecí en Olesa de Montserrat, donde cada año se celebra La Passió, una gran representación teatral sobre la vida de Jesús. Durante semanas el pueblo se llenaba de carteles anunciando la obra.
Lo curioso es que muchos de esos carteles no eran barrocos ni religiosos en el sentido tradicional. Eran carteles de arte contemporáneo, encargados a artistas que reinterpretaron el imaginario cristiano desde lenguajes completamente modernos.
Recuerdo uno de Tàpies que me impresionó muchísimo de niño. No mostraba ninguna escena bíblica. Solo un pie dibujado con tiza sobre un fondo oscuro. Nada más. Esa imagen mínima cargaba con una potencia simbólica enorme.
Probablemente ahí entendí por primera vez que los símbolos religiosos no pertenecen solo a la religión. También forman parte de un archivo visual colectivo que el arte puede reutilizar, transformar o incluso vaciar de significado.
Cuando hoy aparecen ángeles, corazones o referencias casi litúrgicas en mi trabajo, no lo hacen desde una posición espiritual ni devocional. Funcionan más bien como material iconográfico.
Elementos que arrastran siglos de historia visual.
El barroco queer contemporáneo opera precisamente ahí: en la reutilización de esos símbolos con otros códigos. El exceso ornamental convive con lo pop, lo sagrado con lo kitsch, la escultura clásica con el cuerpo queer contemporáneo.
La religión pierde su autoridad, pero las imágenes sobreviven.
Y en ese desplazamiento ocurre algo interesante: los símbolos se vuelven disponibles para otros relatos. Ángeles que ya no anuncian milagros sino deseos. Corazones que ya no hablan de martirio sino de intensidad emocional. Altares convertidos en escenarios.
En ese sentido, muchas de las imágenes que hago funcionan casi como pequeños relicarios visuales, aunque construidos con materiales completamente contemporáneos: collage, ilustración digital, escultura 3D, animación o iconografía pop.
No hay intención de reproducir el barroco histórico.
Pero sí de habitar esa tradición de intensidad visual, exceso simbólico y teatralidad emocional que siempre ha estado ahí, esperando nuevas formas de aparecer.