El público imaginado
Durante mucho tiempo trabajé para alguien que no existía. No era una persona concreta, ni un perfil claro, ni siquiera un público real. Era una mezcla rara de expectativas: alguien que sabía de arte, que entendía referencias, que iba a captar el gesto sin que yo tuviera que explicarlo. Alguien atento, exigente, sensible. Ese “otro” me acompañaba siempre, incluso cuando estaba solo frente a una pantalla o una pared vacía. Pintaba, dibujaba, componía pensando en cómo lo vería, en si estaría a la altura, en si tendría sentido para él.
Con los años, ese público imaginado fue cambiando de forma. A veces se volvió más grande y difuso: una masa abstracta, números, visualizaciones, métricas. Otras veces se volvió demasiado pequeño: una sola mirada idealizada que lo juzgaba todo. En ambos casos, el resultado era parecido: tensión. Una sensación constante de estar ajustando algo para alguien que no estaba ahí, pero que ocupaba mucho espacio en mi cabeza.
Hay un momento —no sé cuándo ocurre exactamente— en el que ese “otro” empieza a desdibujarse. No desaparece de golpe. Simplemente deja de mandar. Sigues siendo consciente de que alguien puede entrar, mirar, quedarse o irse, pero ya no construyes cada gesto pensando en su reacción. Empiezas a trabajar desde otro lugar, más cercano al cuerpo que al juicio. No porque te importe menos, sino porque entiendes que no puedes vivir siempre en la antesala de una respuesta.
Últimamente me doy cuenta de que hay ratos en los que dejo de pensar por completo en quién está al otro lado. Son momentos breves, pero muy claros. Estoy dentro del proceso, del tiempo que dura una pieza, del ritmo que se repite, del error que aparece y no molesta. Ahí el público imaginado se calla. No porque no exista, sino porque no hace falta. Y cuando eso ocurre, algo se ordena.
No creo que se trate de crear “para uno mismo” en un sentido romántico. Tampoco de ignorar al mundo. Se trata, más bien, de aceptar que el público cambia, que nunca es el mismo y que intentar fijarlo es una trampa. Hoy puedo imaginar a alguien y mañana ese alguien ya no me sirve. Lo único que permanece es el gesto de seguir trabajando cuando nadie está mirando… o cuando no sabes quién mira.
Quizá el verdadero cambio no sea dejar de imaginar un público, sino dejar de obedecerlo. Trabajar sabiendo que hay un otro, pero sin pedirle permiso para existir.