Hay oficios que no se explican: se atraviesan.
El mío sucede en habitaciones pequeñas, con la luz encendida a deshoras y el zumbido constante del ordenador como único testigo. Sucede en pijama, con la piel aún marcada por la almohada, mientras afuera la ciudad sigue su curso indiferente. Ahí, en ese espacio doméstico y casi ridículo, empiezan a abrirse grietas por donde se cuelan incendios.
Trabajo con píxeles, con capas, con ritmos que no son míos pero que atraviesan mi cuerpo. Escucho una canción y, en lugar de oírla, la veo. La veo expandirse como un animal eléctrico, pedir atmósferas, reclamar fuego, túneles, torsos, superficies que respiren luz. Mi tarea consiste en construirle un hábitat. Levantarle un cielo artificial donde pueda latir más fuerte.
Y luego ocurre el milagro extraño.
Lo que nació en silencio —una animación, una textura, un destello minúsculo en la esquina de la pantalla— se proyecta de pronto en dimensiones desproporcionadas. Gigante. Irreverente. Con miles de ojos mirándolo. El archivo doméstico se vuelve ola. La habitación se convierte en estadio. El gesto íntimo se amplifica hasta vibrar en el pecho de desconocidos.
No es fama lo que me conmueve. Es la transformación.
Esa mutación casi alquímica donde lo invisible adquiere cuerpo colectivo. Donde la energía que diseñé a solas regresa multiplicada, cargada con el sudor, los gritos y la electricidad del concierto. Yo, que estaba sentado frente a un teclado, termino sintiendo el temblor de una multitud.
Hay algo profundamente erótico en eso: en fabricar universos para que otros los habiten durante unos minutos. En prestar mis obsesiones visuales como quien presta una máscara sagrada. En aceptar que mis imágenes serán atravesadas por cuerpos que bailan, que lloran, que recuerdan.
Lo que más extraño no es el aplauso. Es esa tensión previa. El instante en que el telón aún no ha subido y yo sé que mis criaturas están esperando detrás de la pantalla. A punto de ser liberadas. A punto de volverse gigantes.
Trabajar para otro proyecto, para otra voz, implica una coreografía delicada. Escuchar sin desaparecer. Adaptarse sin diluirse. Aprender a leer el pulso ajeno y, aun así, mantener el propio. Es un ejercicio de equilibrio: construir para alguien sin dejar de reconocerse en cada trazo.
Hay quien piensa que colaborar es renunciar. Para mí es expandirse.
Porque al diseñar mundos para otros también ensayo variaciones del mío. Descubro texturas que no habría probado. Intensidades que, en soledad, quizá no me habría permitido. Es como entrar en una casa ajena y mover los muebles sin traicionar la arquitectura. O sembrar un jardín distinto sin olvidar el olor de tu tierra.
A veces me preguntan cómo se soporta esa dualidad: ser autor y, al mismo tiempo, artesano al servicio de otra narrativa. Yo no la soporto; la celebro. Me interesa esa fricción. Ese punto donde mi imaginario queer, barroco, eléctrico, se encuentra con otra energía y genera algo nuevo, algo que no pertenece del todo a nadie.
El oficio, al final, es eso: sostener la llama sin apropiarse del incendio.
Saber que una pantalla gigante puede amplificar tu trabajo, pero no define tu raíz. Que el ruido de miles de personas no reemplaza el silencio fértil de tu estudio. Que el universo que ayudas a crear puede ser descomunal, pero el tuyo sigue latiendo, intacto, debajo de todo.
Extraño la escala desbordada. Extraño la vibración física del sonido atravesando mis imágenes. Extraño esa sensación de estar dentro de una criatura más grande que yo y, al mismo tiempo, saber que aporté una de sus costillas.
Pero también agradezco el regreso a casa.
Porque el verdadero territorio sigue siendo este: la pantalla pequeña, el cursor intermitente, la intuición como brújula. Desde aquí se levantan galaxias. Desde aquí se entrenan los fuegos que después arderán en lo alto.
Crear universos sin perder el propio no es una consigna: es una práctica diaria. Un ejercicio de identidad. Una forma de recordar que, incluso cuando tus imágenes ocupan metros y metros de luz, siguen naciendo de un cuerpo concreto, de una historia concreta, de una mirada que no se negocia.
Y eso, más que cualquier escenario, es lo que me sostiene.