La belleza de no llegar a tiempo

Durante mucho tiempo sentí que siempre llegaba tarde.
Tarde a las escenas, tarde a los discursos, tarde a los lugares donde parecía que estaba pasando algo. Cuando miraba alrededor, otros ya estaban instalados, nombrando las cosas, marcando territorio. Yo llegaba cuando el ruido ya había bajado un poco, cuando la fiesta empezaba a oler a suelo pegajoso y a luces cansadas.

Al principio eso dolía.
Lo viví como un fallo de carácter, como una torpeza. Pensaba que si hubiera sido más rápido, más listo, más oportunista quizá habría encajado mejor. Quizá habría ocupado un sitio más claro. Pero con el tiempo he entendido que esa tardanza no era desinterés ni despiste: era desfase. Y el desfase, a veces, es fértil.

Nunca me interesó lo que estaba de moda en el momento exacto en que lo estaba. Me interesaba cuando ya se había calmado el entusiasmo, cuando podía tocarlo sin prisa, desmontarlo, mezclarlo con otras cosas. Llegué tarde a la pintura como valor económico, tarde al videoarte como promesa institucional, tarde a las redes como espacio puro, tarde a muchos debates que parecían urgentes para otros. Y sin embargo, ahí —en ese retraso— encontré margen.

Llegar tarde te da algo que no tiene quien llega a tiempo:
perspectiva.

Cuando no corres detrás de una ola, puedes ver cómo rompe. Puedes decidir si te interesa mojarte o no. Puedes quedarte en la orilla recogiendo restos: fragmentos, errores, formas que ya no sirven para nadie… y convertirlos en otra cosa.

Muchas de las cosas que hago ahora nacen de ahí. De no haber encajado del todo nunca. De no haber sido “el artista adecuado” en el momento adecuado. Eso te obliga a inventarte tus propios tiempos. A trabajar sin calendario ajeno. A crear sin la presión de tener que representar una escena, una generación o una etiqueta.

He llegado tarde incluso a mis propios proyectos.
Algunos solo los entendí cuando ya se habían agotado.
Otros empezaron a cobrar sentido justo cuando dejaron de crecer.

Y lejos de ser una derrota, eso me ha enseñado algo importante: no todo lo que llega tarde fracasa. Algunas cosas necesitan llegar tarde para no parecerse a nada que ya existe.

Ahora, mientras construyo lo que estoy haciendo, noto esa misma sensación. No estoy siguiendo una tendencia clara. No estoy entrando en un carril evidente. Estoy usando herramientas que otros ya han juzgado, formatos que no terminan de encajar en ningún sitio, ritmos que no obedecen a la urgencia general. Y, curiosamente, ahí es donde empiezo a reconocerme.

La belleza de no llegar a tiempo está en que no tienes que competir.
No tienes que demostrar.
No tienes que acelerar.

Puedes escuchar.
Puedes probar.
Puedes fallar sin espectáculo.

Llegar tarde te deja trabajar en los márgenes, donde nadie espera nada concreto de ti. Y cuando nadie espera nada, aparece una libertad rara. No brillante, no heroica, pero muy real.

Quizá nunca llegue justo a tiempo a nada.
Pero empiezo a pensar que ahí —en ese retraso persistente— es donde empieza lo mío.

Written by:

Garbi KW propone un trabajo híbrido entre muchas disciplinas dispares: arte urbano, diseño, arte, publicidad, cine, instalaciones, collages, videoarte, cartelismo, pintura, lustración, actos performativos, moda, etc.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *