La nostalgia de algo que nunca viviste.

Hay imágenes que recuerdo con precisión y no pertenecen a mi vida.
Habitaciones enmoquetadas que jamás pisé, juguetes que nunca tuve, luces de neón de ciudades donde no estuve, músicas que sonaban antes de que yo supiera existir. Sin embargo, cuando aparecen, el cuerpo reacciona como si regresara a casa.

Durante mucho tiempo pensé que la memoria era un archivo personal. Ahora la siento más bien como una corriente pública: atravesamos recuerdos ajenos igual que atravesamos el aire. La televisión, los catálogos, las carátulas mal impresas, los primeros vídeos comprimidos de internet… todo eso se mezcló con lo vivido hasta borrar la frontera. Ya no sé distinguir qué me ocurrió y qué me fue contado con suficiente insistencia.

Trabajo mucho desde ahí. No desde la autobiografía pura, sino desde una especie de infancia compartida que nunca existió del todo. Las texturas demasiado suaves, los colores ligeramente enfermos, la alegría impostada de ciertos objetos: no son homenajes ni parodias. Son restos. Fragmentos de una época que prometía futuros que no llegaron, pero dejó su perfume pegado en la piel colectiva.

A veces alguien me pregunta por qué aparece ternura en lugares incómodos. Supongo que porque la memoria inventada siempre viene maquillada. Los recuerdos reales duelen de forma concreta; los inventados duelen de forma difusa. No sabes qué perdiste, pero lo echas de menos igual.

Las herramientas actuales han acelerado ese fenómeno. Ya no solo recordamos lo que vimos: recordamos lo que podría haber existido. Imágenes plausibles, coherentes con un pasado alternativo. No mienten exactamente; más bien rellenan huecos. Como cuando el cerebro completa una palabra que falta en una frase. La mente no soporta el vacío y fabrica continuidad.

Me interesa ese territorio. No por nostalgia retro ni por fetichismo estético, sino por su extraña honestidad: ahí se revela que la identidad no es una línea sino un montaje. Una vida hecha de experiencias, sí, pero también de simulaciones creíbles, de ficciones suficientemente cercanas para volverse íntimas.

Quizá por eso ciertas piezas parecen recuerdos personales para quien las mira. No porque cuenten mi historia, sino porque pertenecen a esa zona común donde nadie estuvo exactamente y, sin embargo, todos pasamos alguna vez.

La memoria inventada no es falsa.
Es el idioma con el que imaginamos quiénes fuimos.

Written by:

Garbi KW propone un trabajo híbrido entre muchas disciplinas dispares: arte urbano, diseño, arte, publicidad, cine, instalaciones, collages, videoarte, cartelismo, pintura, lustración, actos performativos, moda, etc.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *