Las cosas que no sé dónde colocar
Últimamente no me preocupa tanto el resultado como el equilibrio. No saber muy bien dónde poner cada cosa sin que todo se desborde. Trabajo, deseo, cansancio, ambición, miedo. Todo convive al mismo tiempo y no siempre cabe en el mismo día.
Hay una presión silenciosa que no viene de fuera. Nadie me la exige directamente. Es interna. La sensación de tener que sostener demasiados frentes a la vez: crear, producir, avanzar, no desaparecer, no traicionarme, pagar facturas, no perder la sensibilidad en el camino. A veces me pregunto si estoy sabiendo escuchar mis propios límites o solo los estoy esquivando con actividad constante.
Me inquieta la velocidad. No tanto la de los demás, sino la mía. La facilidad con la que puedo llenar el tiempo de cosas por hacer para no quedarme quieto. Porque cuando paro, aparecen preguntas incómodas. Sobre hacia dónde voy. Sobre qué quiero cuidar de verdad. Sobre qué cosas hago por convicción y cuáles por miedo a quedarme atrás.
También me preocupa la fragilidad. No la estética, sino la real. La de sentir que todo puede romperse con facilidad: un ritmo, un proyecto, una estabilidad precaria. Vivir mucho tiempo en ese filo te entrena, pero también te desgasta. A veces echo de menos la ligereza de no tener que pensarlo todo tanto.
Esta pieza nace de ese estado mental: un lugar donde conviven lo tierno y lo inquietante, lo que protege y lo que amenaza. No como discurso, sino como reflejo. Como una manera de ordenar sin resolver. De colocar las cosas en la mesa y mirarlas sin juicio, aunque no sepa aún qué hacer con ellas.
No busco respuestas rápidas. Me conformo con seguir atento. Con no anestesiarme. Con permitirme dudar sin convertir la duda en parálisis. Quizá eso también sea una forma de avanzar: aprender a convivir con lo que inquieta sin necesitar cerrarlo todo.
Ahora mismo estoy ahí.
Sosteniendo.
Escuchando.
Intentando no romperme mientras sigo creando.