Las herramientas no son el centro

Siempre he elegido el lado difícil de las cosas. No por postureo, ni por llevar la contraria, sino por una especie de compromiso íntimo con mi tiempo. Para mí, el arte no es repetir fórmulas seguras: es representar tu existencia en el momento histórico que te toca vivir, filtrada por tu cuerpo, tus obsesiones y tus contradicciones. Estar ahí. No llegar tarde.

Cuando era niño me interesé por la pintura justo cuando todo el mundo quería ser pintor, cuando los cuadros valían millones y parecía que ese era el camino “correcto”. Más tarde me atrajo el videoarte, probablemente la forma más compleja de circular, la menos rentable, la más difícil de explicar. Mientras estudiaba pintura, me interesaba más el graffiti: lo efímero, lo ilegal, la adrenalina de saber que no iba a durar, el gesto de decir “esto soy yo” frente a una multinacional o una pared hostil. Nunca me interesó lo cómodo.

He vivido varias revoluciones tecnológicas. He visto llegar las tablets y los debates interminables sobre si eso “era dibujar de verdad”. He visto nacer las redes y cómo la obra se transformaba en contenido que caduca en minutos. He visto discusiones larguísimas que, al final, se resolvían solas porque la realidad avanzaba sin pedir permiso. Me interesó más el VJing que el videoarte institucional, más el GIF y el net.art que la obra sólida pensada para colgarse en un museo. También vi cómo todo eso quedaba fuera del relato oficial porque alguien —no sé quién— decide qué entra en la historia y qué se margina.

Me interesaron los NFTs no por el dinero, sino por lo que prometían: una fisura en el sistema, una nueva forma de circulación. También vi cómo se los cargaban, cómo se volvía a simplificar el debate hasta hacerlo inútil. Como siempre. He aprendido que muchos debates no buscan entender, sino tranquilizar conciencias.

Ahora utilizo inteligencia artificial en algunos procesos. Y ya he vivido el siguiente capítulo: la cancelación silenciosa, las miradas torcidas, la gente que solo quiere saber “qué parte es IA” y la que directamente deja de mirar. Yo sigo haciendo lo mismo que he hecho siempre. Las mismas obsesiones, las mismas preguntas, los mismos conflictos. La IA no me ha convertido en otra cosa. Es una herramienta más, como lo fue Photoshop, como lo fue la cámara, como lo fue Internet. Los artistas siempre hemos robado: de la historia, de otros artistas, de imágenes previas. Yo lo hacía antes y lo sigo haciendo ahora.

No soy ingenuo con la huella medioambiental ni con las contradicciones éticas. Pero también he visto cómo esas discusiones se repiten con cada tecnología nueva y cómo, con el tiempo, se transforman o se solucionan. Estar a favor o en contra no cambia el hecho de que esto ha llegado. Y yo no quiero gastar mi energía discutiendo lo inevitable. Mi trabajo no es moralizar la herramienta, es crear dentro de la revolución, como he hecho siempre.

La IA no me sustituye. No me comporto como una máquina. La uso cuando aporta y la dejo cuando no. Vuelvo al dibujo, al cuerpo, al error, cuando lo necesito. No tengo dudas sobre quién soy ni sobre desde dónde trabajo. Si alguien decide no colaborar conmigo por esto, es su decisión. Yo sigo aquí.

No escribo esto para justificarme.
Lo escribo para situarme.
Para decir: este es el lugar desde el que trabajo ahora, con o sin permiso, con o sin aplauso.

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Garbi KW propone un trabajo híbrido entre muchas disciplinas dispares: arte urbano, diseño, arte, publicidad, cine, instalaciones, collages, videoarte, cartelismo, pintura, lustración, actos performativos, moda, etc.

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