Lo que hago cuando nadie está mirando
Hay una parte del trabajo que no ocurre en pantalla.
No se publica, no se explica, no pide respuesta.
Sucede cuando cierro pestañas, cuando el ruido baja, cuando ya no estoy intentando gustar ni demostrar nada.
Ahí es donde realmente trabajo.
En ese espacio hago cosas torpes, repetitivas, a veces inútiles. Pruebo combinaciones que no llevan a ninguna parte. Dejo imágenes abiertas durante horas sin tocarlas. Escucho el mismo loop hasta que pierde sentido y vuelve a recuperarlo. No estoy produciendo contenido: estoy afinando una relación conmigo mismo.
Lo que hago cuando nadie está mirando no tiene estrategia.
No está pensado para encajar en un proyecto ni para sostener un relato coherente. Es más parecido a ordenar una habitación mental que llevaba tiempo cerrada. Mover cosas de sitio. Tirar algunas. Guardar otras sin saber por qué.
Muchas de las imágenes que después acaban aquí nacen en ese territorio. Pero llegan transformadas. Lo íntimo nunca aparece intacto: pasa por filtros, por capas, por decisiones conscientes. Aun así, si algo funciona, suele venir de ahí. De ese tiempo improductivo donde no hay presión ni expectativa.
También hay cansancio en ese espacio. Dudas reales. La pregunta de si tiene sentido seguir insistiendo, de si lo que estoy haciendo sirve para algo más que para mantenerme en movimiento. No siempre hay respuestas. A veces solo hay continuidad, que no es poco.
Crear cuando nadie mira es una forma de resistencia silenciosa.
No contra el mundo, sino contra la tentación de convertirlo todo en espectáculo. Es el lugar donde me permito no saber, no acertar, no cerrar nada.
Y quizá por eso sigo volviendo ahí.
Porque, aunque nadie lo vea, es donde todo empieza.