Trabajar con lo que te puede destruir
Hay una forma de creación que consiste en protegerse. Elegir el terreno seguro, las herramientas aceptadas, los lenguajes que ya han sido bendecidos por el tiempo. Nadie te discute, nadie te señala demasiado. Todo encaja en una continuidad reconocible.
Nunca he sabido trabajar así.
Si miro mi recorrido con un poco de distancia, siempre he terminado colocándome justo en el lugar incómodo de cada momento. No por estrategia, ni por provocación consciente. Más bien por intuición. Como si la curiosidad siempre me llevara al sitio donde las cosas todavía no están del todo claras.
Cuando empecé a pintar, el sueño de muchos era la pintura de galería, los cuadros caros, el circuito clásico del arte. A mí me interesaba más la calle. El graffiti. Pintar algo sabiendo que probablemente desaparecería en unos meses. Que el muro podía ser tapado, borrado, cubierto por otro. Me fascinaba esa mezcla de fragilidad y desafío.
Más tarde llegaron las pantallas, el vídeo, el VJ, los formatos raros que no tenían mercado ni lugar definido. Mientras muchos intentaban consolidar una obra sólida, vendible, yo me movía hacia formatos cada vez más inestables: animaciones, gifs, net art, experimentos digitales que apenas tenían espacio en la historia oficial del arte.
Después vinieron las criptomonedas, los NFTs, todo ese territorio caótico donde parecía que el arte se estaba transformando otra vez. También ahí me interesó entrar, no porque creyera que aquello fuera el futuro definitivo, sino porque era una zona donde algo estaba pasando.
Ahora ocurre algo parecido con la IA generativa.
Sé perfectamente que es un terreno polémico. Sé que genera rechazo en muchos artistas. Sé que para algunos se ha convertido en una especie de línea roja moral. Y también sé que hay una parte de razón en algunas críticas: el impacto energético, los debates sobre autoría, el miedo real a la sustitución.
Nada de eso me resulta ajeno.
Pero al mismo tiempo hay algo profundamente familiar en todo esto. La sensación de estar otra vez en medio de una revolución tecnológica que transforma las herramientas antes de que sepamos exactamente qué hacer con ellas.
Lo he vivido varias veces.
Cuando el dibujo digital empezó a sustituir al papel.
Cuando la música dejó de ser física y se volvió archivo.
Cuando el arte empezó a circular como contenido en redes sociales.
Cuando la imagen dejó de ser objeto para convertirse en flujo.
Cada una de esas transformaciones generó su propio escándalo. Sus debates interminables. Sus guardianes del “arte verdadero”.
Y cada vez el tiempo terminó absorbiendo el conflicto.
Trabajar con IA generativa, en mi caso, no nace de una fascinación ciega por la tecnología. Tampoco de una fe en que sea el futuro absoluto. Lo que me interesa es otra cosa: el desplazamiento que provoca en el proceso creativo.
De repente aparecen imágenes, texturas, mutaciones visuales que antes requerían recursos enormes. Presupuestos, equipos, meses de trabajo técnico. Ahora se convierten en materia moldeable dentro de un flujo más amplio.
Pero eso no significa que la obra se haga sola.
Detrás de cada pieza siguen estando las mismas decisiones de siempre: ritmo, montaje, tono, obsesión visual, coherencia interna. La herramienta cambia, pero el gesto creativo sigue siendo el mismo que cuando dibujaba en libretas o pintaba personajes en muros.
Lo curioso es que trabajar con algo tan polémico tiene un efecto inesperado: te obliga a asumir una posición incómoda.
Sabes que parte del público va a reducir tu trabajo a la herramienta.
Sabes que habrá quien mire solo la superficie.
Sabes que algunos descartarán todo lo que haces antes siquiera de mirarlo.
En cierto modo es una forma de riesgo.
Elegir trabajar con algo que puede volverse contra ti.
Pero también hay algo liberador en eso.
Cuando aceptas que una parte del mundo va a juzgarte igual hagas lo que hagas, desaparece la tentación de agradar. La única pregunta que queda es mucho más simple: ¿esto me permite seguir explorando?
En mi caso la respuesta sigue siendo sí.
Sigo mezclando herramientas, como siempre. Dibujo, vídeo, collage, música, animación, fragmentos digitales, procesos híbridos. A veces la IA generativa aparece dentro de ese flujo. Otras veces no. No es un fin, es una herramienta más dentro de un sistema que llevo años construyendo.
Lo verdaderamente importante no es la herramienta.
Es la mirada.
Y la mirada no la puede automatizar nadie.
Quizá dentro de unos años esta tecnología también cambie, o desaparezca, o se transforme en otra cosa completamente distinta. Puede pasar. Ha pasado muchas veces antes.
Pero mientras tanto, trabajar en medio de esa zona inestable tiene algo muy vivo.
Es incómodo, sí.
Es contradictorio.
A veces incluso autodestructivo.
Pero también es exactamente el lugar donde siempre he terminado creando.