Historia queer: cuerpos, imágenes y comunidades
La historia queer también se cuenta con imágenes. Un retrato, una canción, una fotografía escondida, un cartel pegado de madrugada. Hay vidas que entraron en los archivos por una detención y otras que apenas dejaron una carta. Hay comunidades que encontraron un lugar en una pista de baile antes de encontrarlo en una institución. Mirar esa historia exige leer las leyes, pero también escuchar lo que hicieron las personas para vivir, reunirse y reconocerse.
Este recorrido reúne algunos momentos de la historia LGTBIQ+ y de la cultura queer, con especial atención al arte, los espacios de encuentro y la memoria. De San Sebastián a Roberta Marrero, del Berlín de entreguerras a la Rambla de Barcelona, las imágenes aparecen como lugares de conflicto y de invención. No ofrecen una historia completa del mundo ni una línea recta de progreso. Son puertas de entrada a historias que merecen seguir leyéndose.
1. Qué significa mirar la historia desde lo queer
«Queer» no es una etiqueta que podamos colocar sin más sobre cualquier persona del pasado. Las palabras con las que se describen el deseo, el cuerpo y el género cambian. También cambia aquello que una sociedad considera una conducta, una identidad, un pecado, una enfermedad o un derecho. Una relación entre personas del mismo género no significa exactamente lo mismo en todos los lugares ni en todos los siglos.
Una lectura queer puede preguntar por lo que las versiones oficiales han dejado fuera: vínculos que no encajan en la familia normativa, expresiones de género castigadas, modos de vivir que las instituciones no supieron o no quisieron registrar. Esa pregunta permite volver a mirar un retrato o un documento. No autoriza a inventar una biografía ni a atribuir una identidad que nadie expresó.
Conviene distinguir orientación sexual, identidad de género, expresión de género y características sexuales. Las experiencias lesbianas, gais, bisexuales, trans e intersexuales tienen puntos de encuentro y diferencias. La sigla LGTBIQ+ facilita una alianza, pero no convierte esas historias en una sola. Tampoco toda persona incluida en ella se reconoce en la palabra queer.
El archivo introduce otra dificultad. Si una vida aparece únicamente en un expediente policial, la voz que conservamos puede ser la de quien la perseguía. Si falta una fotografía, no significa que faltara una comunidad. Leer con cuidado consiste en preguntar quién produjo el documento, qué podía decirse en ese momento y qué ha quedado fuera del encuadre. Por eso este artículo combina historia documentada con interpretación cultural y las distingue cuando corresponde.
2. San Sebastián: belleza, deseo y persecución
San Sebastián pertenece a la tradición cristiana, pero su imagen ha tenido una vida que excede el relato religioso. El cuerpo expuesto, las flechas y la extraña serenidad de muchas representaciones han permitido lecturas sobre la belleza, el sufrimiento y el deseo. Hablar de su recepción queer no equivale a afirmar que el santo histórico tuviera una identidad sexual moderna.
La National Gallery explica esa apropiación cultural y reúne reinterpretaciones como Sebastiane, de Derek Jarman, de 1976; las imágenes de Pierre et Gilles; y Sainte Sébastienne, de Louise Bourgeois, de 1992. Un mismo motivo religioso puede adquirir sentidos distintos según quién lo representa y quién lo mira.
La portada de este artículo propone otra lectura: un cuerpo de polígonos grises y flechas rosas. La forma recuerda un render antiguo, una figura fabricada y todavía vulnerable. Es una interpretación contemporánea, no un documento histórico. El interés está en la tensión entre un icono reconocible y una superficie digital que deja visibles sus piezas.
Ese gesto plantea una pregunta que se repetirá en este recorrido: ¿qué ocurre cuando una comunidad toma una imagen heredada y la utiliza para contar algo que esa imagen no estaba destinada a contar? A veces el cambio parece pequeño. Una pose, un color, una mirada. Sin embargo, modifica quién puede reconocerse en ella.
3. Oscar Wilde y el peso de las categorías
La modernidad no trajo solamente nuevos vocabularios para el deseo. También organizó nuevas formas de clasificarlo y perseguirlo. El caso de Oscar Wilde muestra hasta qué punto una vida pública brillante podía quedar sometida a la violencia de una ley.
En 1895, Wilde fue condenado a dos años de trabajos forzados por «indecencia grave». Los National Archives conservan materiales sobre su vida y sus procesos judiciales. La British Library recuerda su encarcelamiento y su salida de prisión en 1897.

Su celebridad hace que el caso sea muy visible. Pero la historia queer no puede limitarse a quienes tuvieron fama. Muchas personas sin una obra publicada ni un retrato de estudio sufrieron formas semejantes de control sin dejar una biografía accesible. El nombre célebre ayuda a abrir una puerta; después hay que mirar a quienes no recibieron ese espacio.
También conviene evitar una lectura que convierta toda creación de Wilde en una confesión cifrada. Una obra no es solamente una prueba sobre la vida de quien la escribe. Puede producir ambigüedad, ironía y placer sin reducirse a un expediente. Defender esa complejidad forma parte de una lectura cultural que no quiera repetir la vigilancia del pasado.
4. Berlín: investigar, reunirse y destruir un archivo
Magnus Hirschfeld fue una figura central en la defensa de la diversidad sexual y de género en Alemania. En 1897 participó en la fundación del Comité Científico-Humanitario. En 1919 abrió en Berlín el Instituto de Ciencias Sexuales, que combinaba investigación, atención y educación. El United States Holocaust Memorial Museum documenta su trayectoria y el contexto de persecución.

El instituto importa por algo más que sus teorías. Un lugar donde consultar, encontrarse y reunir conocimiento cambia la experiencia de una persona que ha vivido su diferencia como un aislamiento. El saber puede convertirse en una forma de apoyo, aunque el lenguaje científico de la época incluya límites y prejuicios que hoy debemos examinar. Hirschfeld no queda fuera de esa revisión: algunas de sus ideas, entre ellas planteamientos eugenésicos, resultan inaceptables.
En mayo de 1933, el instituto fue saqueado por los nazis y parte de sus fondos terminó en las quemas de libros. El Bundesarchiv recoge la historia del instituto y su destrucción. El ataque no fue solo contra unos volúmenes: fue contra una infraestructura de conocimiento y una posibilidad de vida compartida.
Destruir un archivo también altera el futuro. Quienes llegan después encuentran menos pruebas, menos voces y menos ejemplos con los que entender su propia historia. La ausencia puede acabar presentándose como si fuera natural. Recuperar esa memoria requiere reconocer que algunos vacíos fueron producidos de forma deliberada.
5. Claude Cahun y Marcel Moore: una imagen que no obedece
Los autorretratos de Claude Cahun incomodan la idea de que una fotografía revela una identidad estable. La pose, el cabello, la ropa y el gesto aparecen como materiales de construcción. Marcel Moore, su pareja y colaboradora artística, es parte indispensable de esa historia. Hablar de una figura aislada borraría una relación creativa.
Jersey Heritage conserva su colección, con fotografías, escritos y otros materiales. Cahun y Moore se instalaron en Jersey en 1937. Durante la ocupación nazi participaron en acciones de resistencia mediante mensajes dirigidos a las tropas alemanas. Fueron detenidas en 1944 y condenadas a muerte; sobrevivieron y conocieron la liberación de la isla. El archivo permite consultar sus notas de resistencia.
El vínculo entre imagen y política no necesita aquí una lectura simplista. Un autorretrato no es automáticamente una protesta y una protesta no tiene por qué parecer una obra de museo. Lo interesante es la continuidad de una práctica que desconfía de las identidades impuestas y de la autoridad de quien pretende fijarlas.
La fotografía puede funcionar como un ensayo. Probar una cara, cambiar una presentación, dejar una pregunta sin resolver. Esa posibilidad sigue siendo fértil para el arte queer: no hace falta producir una identidad definitiva para que una imagen tenga fuerza. A veces su potencia consiste precisamente en que no permite cerrar la interpretación.
6. Harlem, Gladys Bentley y los espacios propios
La historia queer también necesita escuchar música y mirar los escenarios. Gladys Bentley, nacida en 1907, fue cantante y pianista vinculada al Harlem de los años veinte. Su presencia con esmoquin y sombrero de copa, su voz y sus actuaciones cuestionaban expectativas sobre el género. El Smithsonian dedica un archivo a su trayectoria; el National Museum of African American History and Culture la sitúa en la historia de la música y de la expresión de género.
El escenario ofrecía una visibilidad distinta de la calle. Una misma sociedad podía pagar una entrada para ver una actuación y castigar después a quien la realizaba. Esa contradicción obliga a separar reconocimiento artístico y libertad cotidiana. Ser una figura fascinante para el público no significa estar a salvo de sus prejuicios.
La cultura ballroom, vinculada especialmente a comunidades negras y latinas queer y trans, aporta otro modo de pensar el espacio propio. Las casas, los encuentros y las categorías de competición permiten construir pertenencia y reconocimiento. La pasarela y el gesto pueden convertirse en una forma de elaborar una imagen que el mundo exterior niega o deforma. El NMAAHC ofrece una introducción a la historia del voguing.
Conviene no reducir esa cultura a un estilo que luego se hizo popular. Extraer el movimiento y olvidar la comunidad convierte una práctica compleja en una decoración. La pregunta histórica no es solo quién bailó primero, sino qué relaciones, necesidades y saberes hicieron posible ese baile.
7. Stonewall y las vidas que ya estaban ahí
Stonewall ocupa un lugar decisivo en la memoria del movimiento LGTBIQ+, pero no fue el nacimiento del deseo disidente ni el comienzo de toda organización. Existían redes, publicaciones, protestas y lugares de encuentro antes de 1969. La New York Public Library invita a mirar esa historia anterior y a trabajar con sus archivos.

La resistencia a una redada en el Stonewall Inn de Nueva York, iniciada el 28 de junio de 1969, dio lugar a varios días de protesta. El National Park Service documenta el lugar y los acontecimientos. Un año después, el 28 de junio de 1970, se celebró en Nueva York una marcha conmemorativa que forma parte de la historia del Orgullo.
Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera resultan esenciales para entender un activismo que también se ocupaba de vivienda, apoyo y supervivencia. Cofundaron STAR, Street Transvestite Action Revolutionaries. El National Women’s History Museum recoge la trayectoria de Johnson. La historia de Stonewall no necesita adjudicar una supuesta primera piedra a una persona: los recuerdos y las investigaciones no sostienen una versión única de ese gesto.
El problema de convertir un acontecimiento en mito es que puede borrar la labor cotidiana. Alimentar, acompañar, encontrar un techo o sostener una red suele producir menos imágenes espectaculares que una revuelta. Sin embargo, sin esas tareas la comunidad no permanece. La memoria política también debe tener espacio para lo que sucede cuando la cámara se ha ido.
8. Barcelona, 1977: ocupar la calle
La historia queer de Barcelona tiene un momento clave el 26 de junio de 1977. La manifestación convocada por el Front d’Alliberament Gai de Catalunya, el FAGC, reunió a miles de personas en la Rambla. El Museu d’Història de Catalunya la recuerda como la primera manifestación de estas características en España.
La salida a la calle tenía un significado concreto en un contexto de represión y de lucha contra la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. La democracia no eliminó de una vez los prejuicios, la violencia ni todas las consecuencias de la persecución. La visibilidad tuvo un coste desigual. Quienes encarnaban de forma más evidente una ruptura con las expectativas de género no podían hacer desaparecer esa diferencia al terminar la manifestación.
El recorrido Orgullosamente libres, del Ministerio de Igualdad, reúne imágenes y documentos que ayudan a situar esas luchas. Leer las fotografías de una protesta supone mirar también las alianzas: feminismos, movimientos de izquierda y formas de organización sexual y de género que no siempre compartían todas sus prioridades.
Barcelona no interesa aquí como un decorado tolerante. Interesa como una ciudad donde se disputaron el espacio público y las condiciones para vivir. Una historia local puede corregir el hábito de explicar todo desde Estados Unidos. También puede recordar que un relato turístico de libertad no sustituye la memoria de quienes afrontaron la represión.
9. VIH, sida y la urgencia de hacerse visible
La crisis del sida cambió la vida de comunidades enteras y la manera de hacer política visual. El duelo, la desinformación, el estigma y la necesidad de atención produjeron una urgencia que no podía esperar a los tiempos de una institución cultural. Una imagen tenía que circular y provocar una respuesta.

El cartel Silence = Death apareció en 1987, creado por un colectivo independiente, y fue adoptado por ACT UP. No conviene atribuir su origen automáticamente a Gran Fury. La National Library of Medicine explica la historia de los carteles sobre el sida; el NYC LGBT Historic Sites Project documenta el colectivo Silence = Death.
El triángulo rosa recuperaba un signo asociado a la persecución nazi y lo convertía en una llamada a actuar. La síntesis gráfica no simplificaba la gravedad del problema: hacía que el mensaje pudiera reconocerse rápidamente. El Smithsonian conserva un ejemplar del cartel.
Esta historia permite pensar el diseño como una herramienta compartida. Una tipografía, un contraste y unas pocas palabras pueden organizar una presencia pública. Pero la fuerza de un cartel no procede solamente de su composición. Depende de las personas que lo imprimen, lo llevan, lo explican y sostienen la demanda que contiene.
También obliga a no tratar el sida como un capítulo cerrado y exclusivamente gay. El VIH afecta a personas diversas. En este artículo se aborda su historia cultural y activista, no se ofrece información clínica. La memoria del duelo merece un lenguaje que no convierta las vidas perdidas en una estética ni reduzca toda una generación a su muerte.
10. Queer: una palabra incómoda
La palabra inglesa queer arrastra una historia de insulto y de reapropiación. Su uso político y cultural permite cuestionar qué se considera normal y quién paga el precio de esa norma. No tiene un único significado ni funciona igual en todos los idiomas. Para algunas personas es una forma de reconocerse; otras prefieren términos distintos o mantienen distancia respecto a ella.
En el terreno del pensamiento, Gender Trouble, publicado por Judith Butler en 1990, es una referencia fundamental para discutir la construcción y la repetición social del género. La editorial Routledge ofrece información sobre el libro. La performatividad no significa que el género sea un disfraz que se elige sin consecuencias. Ayuda a pensar cómo ciertas normas adquieren apariencia de naturaleza mediante su repetición.
Una teoría sirve cuando permite formular preguntas que antes costaba plantear. Deja de ayudar si se convierte en una contraseña para excluir a quienes no manejan su vocabulario. Se puede observar una norma de género en una película, una publicidad o un formulario sin empezar por una biblioteca entera. La experiencia cotidiana y el pensamiento no son mundos separados.
Lo queer tampoco garantiza una estética concreta. Una obra rosa, un cuerpo desnudo o una imagen extravagante no son queer por sí mismos. Importa lo que hacen con las expectativas, cómo sitúan el deseo y qué relaciones permiten imaginar. Hay obras discretas que alteran una norma y obras muy ruidosas que apenas la decoran.
11. Roberta Marrero: una vida escrita con imágenes
Roberta Marrero merece un lugar propio en esta historia. Artista, escritora y figura de la cultura trans, nació en Las Palmas de Gran Canaria en 1972 y murió en 2024. Su obra reúne autobiografía, cultura popular, dibujo, collage y poesía. No se limita a representar una identidad: construye un lenguaje con el que contar una vida y revisar las imágenes que esa vida recibió.

La autobiografía como forma visual
El bebé verde. Infancia, transexualidad y héroes del pop, publicado en 2016, utiliza texto e imagen para hablar de infancia y de construcción personal. Su prólogo es de Virginie Despentes. La ficha de la editorial permite situar el libro y su carácter autobiográfico.
Leerlo desde la cultura queer significa tomar en serio una memoria que no tiene por qué adoptar la forma convencional de una biografía. Un dibujo puede colocar al lado cosas que una cronología separaría: una sensación infantil, una figura del pop, una herida y una fantasía. La relación entre ellas produce conocimiento sin tener que explicarlo todo en una frase.
Ese procedimiento resulta especialmente valioso cuando las historias trans han sido narradas tantas veces desde fuera. La autobiografía devuelve capacidad de decisión sobre el encuadre: qué se muestra, qué se transforma y qué permanece privado. La persona que cuenta su vida no tiene la obligación de convertirla en una lección completa para el resto del mundo.
El pop como archivo afectivo
We can be heroes. Una celebración de la cultura LGTBQ+, de 2018, con prólogo de Paul B. Preciado, amplía esa relación entre imagen y memoria cultural. El catálogo del MACBA recoge ambos títulos. La editorial presenta el segundo como una celebración ilustrada de aportaciones culturales LGTBQ+.
El pop puede parecer un material menor si se compara con las referencias legitimadas por un museo. Sin embargo, una canción, una estrella de cine o una portada pueden ser el primer lugar donde alguien encuentra una diferencia que no le provoca vergüenza. Esa experiencia no convierte cualquier producto comercial en emancipación, pero sí explica por qué ciertas imágenes adquieren una importancia íntima.
En esta lectura, el archivo afectivo no es una colección de celebridades. Es una red de relaciones entre una vida y las formas culturales que la acompañaron. El collage permite cambiar esas relaciones: poner una figura solemne junto a otra popular, alterar jerarquías y fabricar una genealogía que no estaba disponible en el relato oficial.
Collage, poesía y una memoria que no se deja reducir
La biografía editorial de Marrero destaca la presencia de iconografía religiosa, cómic, cine y cultura de masas en su trabajo. Esos materiales pueden leerse como un vocabulario que cambia de sentido al entrar en contacto con la experiencia personal. La religión deja de ser una autoridad visual intacta; el glamour deja de ser solo una promesa de perfección.
Su obra invita a pensar la identidad como una práctica de composición. No porque una vida sea un montaje superficial, sino porque ninguna persona se forma sin imágenes recibidas, deseos, rechazos y vínculos. Escoger, recortar y volver a colocar también puede ser una manera de discutir quién tiene derecho a producir una imagen de sí.
La poesía añade otra intensidad a esa práctica. El Museo Reina Sofía conserva el audio del homenaje Para que beban los pájaros, celebrado en 2025, que permite acercarse a esa dimensión y a su memoria compartida. Aquí se enlaza el archivo en lugar de reproducir poemas o ilustraciones protegidas.
Recordar a Roberta Marrero únicamente como un símbolo de sufrimiento sería empobrecer su obra. También hay voluntad de forma, inteligencia visual, humor, referencias y una capacidad de convertir materiales conocidos en algo propio. Su lugar en una historia queer del arte exige hablar de todo ello: de la vida que cuenta y de las decisiones artísticas con las que la cuenta.
12. Ampliar el mapa y reconocer sus límites
Un recorrido que pasa por Europa y Estados Unidos no es una historia universal. Esta selección responde a un foco cultural concreto y a los archivos consultados. Existen otras genealogías, palabras, movimientos y formas de comprender el género y el deseo que necesitan sus propias fuentes y contextos.
El colonialismo forma parte de esta discusión. La investigación de Human Rights Watch sobre el legado de las leyes británicas contra la sodomía documenta la exportación de códigos penales. Human Dignity Trust ofrece una cronología de la criminalización. Reconocer esa historia no permite afirmar que todas las sociedades anteriores fueran libres de violencia ni que una categoría contemporánea tenga equivalentes exactos en cualquier cultura.
También hay límites dentro del mapa que sí hemos recorrido. La fama, la clase social y el acceso a los medios influyen en qué vidas llegan a un museo. Las experiencias lesbianas, bisexuales e intersexuales necesitan una atención que una sucesión de figuras célebres no resuelve. Nombrar la ausencia no la repara, pero evita presentarla como si no existiera.
La historia queer puede ganar fuerza cuando renuncia a fingir que está terminada. Una bibliografía es un punto de partida. Un archivo puede incorporar una voz que antes no estaba. Una interpretación puede corregirse al aparecer un documento. La precisión no enfría la memoria; impide que la necesidad de un relato borre las diferencias que ese relato quiere defender.
13. El archivo sigue abierto
Hoy una parte de esa memoria circula en pantallas: archivos digitalizados, vídeos, publicaciones y colecciones personales. La guía de investigación LGTBQ de la New York Public Library muestra cómo acceder a fondos y materiales. Europeana reúne recorridos sobre patrimonio LGTBQ+. Consultar esas colecciones permite salir de la repetición de las mismas cinco imágenes.
La circulación digital ofrece posibilidades y problemas. Una fotografía puede llegar a quien nunca habría visitado el archivo que la conserva. También puede perder el nombre de quien la hizo, la fecha y el contexto. Una plataforma puede facilitar un encuentro y al mismo tiempo imponer criterios de visibilidad que vuelven a dejar ciertas vidas fuera.
La creación contemporánea trabaja dentro de esa tensión. El montaje, la imagen digital y las herramientas de IA pueden producir nuevas asociaciones. Pero una herramienta no conoce por sí sola el peso histórico de un símbolo ni la experiencia de una comunidad. Esa responsabilidad pertenece a quienes eligen los materiales, investigan, editan y deciden cómo presentarlos. Una imagen convincente tampoco se convierte por ello en una prueba del pasado.
Participar en la cultura queer no exige convertirse en una figura pública. Puede consistir en conservar una historia, reconocer una autoría, compartir una lectura o mirar con más atención. El archivo es también una relación: alguien guarda algo para que otra persona pueda encontrarlo después.
Al volver a las imágenes de este recorrido, aparecen maneras distintas de construir una presencia. Un cuerpo religioso reinterpretado, un retrato que cambia el género de su pose, una música que reúne a una comunidad, un cartel que exige una respuesta, un collage que hace sitio a una infancia. No dicen lo mismo. Comparten la capacidad de modificar lo que parecía posible representar.
14. Una cronología para orientarse
- 1895. Condena de Oscar Wilde a dos años de trabajos forzados.
- 1897. Fundación del Comité Científico-Humanitario en Alemania.
- 1919. Apertura del Instituto de Ciencias Sexuales de Berlín.
- 1933. Saqueo del instituto y destrucción de parte de sus fondos por los nazis.
- 1969. Protestas de Stonewall en Nueva York.
- 1970. Marcha conmemorativa de Stonewall en Nueva York.
- 1977. Manifestación convocada por el FAGC en la Rambla de Barcelona.
- 1987. Circulación de Silence = Death y fundación de ACT UP.
- 1990. Publicación de Gender Trouble, de Judith Butler.
- 2016 y 2018. Publicación de El bebé verde y We can be heroes, de Roberta Marrero.
Las fechas ayudan a situar hechos, pero no deben confundirse con una escala de progreso. En un mismo momento pueden crecer la visibilidad cultural y la violencia. Un derecho reconocido en un lugar no describe la experiencia de todas las personas que viven allí.
Preguntas para seguir leyendo la historia queer
¿La historia queer empieza en Stonewall?
No. Stonewall es un acontecimiento decisivo en la historia del activismo contemporáneo, pero existían comunidades, redes y protestas antes de 1969. Tampoco todos los movimientos del mundo tienen su origen en Nueva York.
¿Qué relación hay entre arte queer e historia LGTBIQ+?
El arte conserva experiencias y produce formas de representación que pueden discutir las normas del género y del deseo. Una obra no sustituye un documento histórico ni necesita explicar toda una identidad. Puede mostrar ambigüedades y relaciones que una cronología de leyes no recoge.
¿Por qué San Sebastián aparece como icono queer?
Por la recepción y las reinterpretaciones de su imagen, que relacionan belleza, deseo y persecución. Esa historia cultural no permite atribuir una orientación sexual moderna al santo histórico.
¿Por dónde empezar con Roberta Marrero?
El bebé verde permite entrar en su autobiografía visual; We can be heroes abre una lectura de cultura y referencias LGTBQ+. El homenaje sonoro del Reina Sofía ofrece otra entrada a su poesía y a su memoria.
Fuentes, imágenes y criterio editorial
Las referencias están enlazadas junto a los pasajes que documentan. Para ampliar el recorrido, conviene empezar por los archivos de Jersey Heritage, USHMM, el Museu d’Història de Catalunya y la NYPL; por el estudio de San Sebastián de la National Gallery; y por los libros de Roberta Marrero. Los museos y archivos no son voces neutrales ni completas, pero ofrecen materiales identificables que pueden contrastarse.
Las fotografías se reproducen con la licencia indicada en cada pie. No se han reproducido obras contemporáneas protegidas sin permiso: se enlazan sus archivos o fichas. Portada: Garbi KW, composición realizada con herramientas de IA. Interpretación contemporánea de San Sebastián; no es una imagen histórica. Texto y selección editorial: Garbi KW. Publicación: octubre de 2026.