El lugar al que voy todavía no existe

Durante mucho tiempo pensé que me estaba equivocando.

No porque el trabajo fuera malo. No porque no creyera en él. Me equivocaba porque intentaba explicarlo utilizando palabras que pertenecían a otros mundos. Decía que hacía música, pero nunca me he sentido músico. Decía que hacía videoclips, pero los videoclips siempre parecían quedarse pequeños. Decía que tenía una discográfica, aunque aquello tampoco era exactamente una discográfica. Iba cambiando las etiquetas constantemente, buscando una definición que me permitiera encajar dentro de algún sitio reconocible, dentro de alguna conversación que ya existiera antes de que yo llegara, y cada vez que creía haber encontrado una respuesta aparecía una nueva pieza que volvía a romperlo todo.

La verdad es que nunca he sabido muy bien qué nombre ponerle a lo que hago.

Quizá porque no nació como un proyecto. Nació como una necesidad.

Durante años trabajé creando imágenes para canciones de otras personas. Algunas me gustaban. Otras no tanto. Algunas me permitían jugar. Otras eran encargos que simplemente había que sacar adelante. Aprendí muchísimo. Aprendí a construir atmósferas, a contar historias, a encontrar belleza donde parecía no haberla, pero también aprendí algo que con el tiempo empezó a incomodarme: por mucho que trabajara una pieza audiovisual, por mucho universo que construyera alrededor de una canción, siempre acababa ocupando el mismo lugar. El de acompañante. El de satélite. El de alguien que gira alrededor de un centro que pertenece a otro.

Y no pasa nada.

Es normal.

La música es poderosa.

La música lleva siglos colonizando todo lo que toca.

Pero había una parte de mí que necesitaba algo diferente. Un espacio donde la imagen no llegara después. Un espacio donde la imagen no estuviera al servicio de nada. Un espacio donde una canción pudiera ser tan importante como una portada, donde una portada pudiera ser tan importante como un personaje, donde un personaje pudiera ser tan importante como una frase perdida en una descripción o una conversación absurda en internet.

Sin darme cuenta empecé a construir ese espacio.

Al principio parecía un juego.

Luego empezó a ocupar cada vez más tiempo.

Después se convirtió en una obsesión.

Y finalmente entendí que aquello no era una fase ni un experimento pasajero. Era el trabajo de mi vida.

No porque fuera a hacerme rico.

No porque fuera a volverme famoso.

No porque estuviera funcionando especialmente bien.

Sino porque era la primera vez que estaba construyendo algo que sentía completamente mío.

Algo que no dependía de la llamada de nadie.

Algo que no necesitaba permiso.

Algo que podía crecer en cualquier dirección.

Una canción podía convertirse en un disco. Un disco podía convertirse en una colección de imágenes. Una colección de imágenes podía transformarse en personajes. Los personajes podían saltar a libros, camisetas, vídeos, publicaciones, instalaciones imaginarias o mundos que quizá nunca lleguen a existir físicamente.

Y cuanto más avanzaba más evidente se hacía una cosa: no estaba construyendo una carrera musical.

Estaba construyendo un ecosistema.

Una especie de fábrica de símbolos.

Una mitología personal hecha de retales, de cultura pop, de deseo, de melancolía, de política, de recuerdos de barrio, de ciencia ficción barata, de revistas viejas encontradas en mercadillos, de videojuegos, de fiestas, de rupturas, de ansiedad, de esperanza y de todas esas cosas que terminan acumulándose dentro de una persona cuando lleva demasiados años observando el mundo sin sentirse completamente parte de él.

Hay gente que construye canciones.

Yo construyo habitaciones.

Construyo personajes que viven dentro de ellas.

Construyo objetos que podrían pertenecerles.

Construyo historias que nunca terminan de contarse.

Y después aparece una canción para conectar unas cosas con otras.

Por eso muchas veces siento que lo que hago provoca cierta confusión. Porque la mayoría de la gente busca una puerta de entrada clara. Quiere saber qué eres. Quiere saber dónde colocarte. Quiere decidir rápidamente si le interesas o no.

Y yo cada vez tengo menos interés en facilitar ese proceso.

No porque quiera ser difícil.

No porque quiera sentirme especial.

Simplemente porque las cosas que más me han marcado nunca fueron fáciles de resumir.

Nadie puede explicarte una ciudad en treinta segundos.

Nadie puede explicarte una religión en treinta segundos.

Nadie puede explicarte una vida en treinta segundos.

¿Por qué iba a querer reducir un universo entero a una frase optimizada para captar atención?

Prefiero perder a mucha gente y encontrar a las pocas personas que disfrutan explorando.

Las que entran en una habitación extraña y deciden quedarse.

Las que encuentran conexiones donde otros solo ven ruido.

Las que entienden que algunas obras no están diseñadas para consumirse, sino para habitarse.

Últimamente siento que todo está cambiando otra vez.

Las imágenes se están vaciando.

Los espacios son más oscuros.

Los símbolos aparecen más aislados.

Una corona.

Una nube.

Una puerta.

Una escalera.

Una estrella.

Un casco de astronauta.

Una bola de discoteca.

Un cuerpo perdido en mitad de la nada.

Ya no necesito llenar cada rincón de información. Ya no necesito demostrar que puedo generar cien ideas distintas. Empieza a interesarme más lo contrario. El silencio. El vacío. La sensación de que algo importante está a punto de ocurrir y nunca termina de suceder.

Quizá porque me estoy acercando a la esencia de lo que siempre he querido hacer.

No crear contenidos.

No crear productos.

No crear canciones.

Crear lugares.

Lugares que todavía no existen.

Lugares donde el deseo, la nostalgia, la belleza, el artificio, la fragilidad y la fantasía puedan convivir sin pedir disculpas.

No sé si mucha gente querrá vivir ahí.

Sinceramente, tampoco es algo que me quite el sueño.

Nunca he trabajado pensando en las multitudes.

Siempre he trabajado pensando en las personas que encuentran algo extraño en mitad de la noche y sienten que alguien, en algún lugar, ha construido exactamente el tipo de mundo que llevaban años buscando.

Quizá este proyecto no tenga nombre todavía.

Quizá dentro de diez años se parezca a algo completamente diferente.

Quizá fracase.

Quizá se transforme.

Quizá desaparezca.

Pero si he aprendido algo durante todo este tiempo es que dejar de hacerlo sería mucho más absurdo que continuar.

Porque al final no estoy intentando seguir una tendencia.

No estoy intentando ganar una carrera.

No estoy intentando competir con nadie.

Solo estoy intentando llegar a un lugar que todavía no existe.

Y cada disco, cada imagen, cada vídeo, cada personaje y cada símbolo son simplemente otra forma de acercarme un poco más a él.

Written by:

Garbi KW propone un trabajo híbrido entre muchas disciplinas dispares: arte urbano, diseño, arte, publicidad, cine, instalaciones, collages, videoarte, cartelismo, pintura, lustración, actos performativos, moda, etc.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *