La fiesta después de la fiesta
Hay una edad en la que descubres que casi todo el mundo está actuando.
Algunos interpretan el papel del triunfador. Otros el del rebelde. Otros el del intelectual. Otros el del buen ciudadano. Otros el del artista atormentado. Cambian los disfraces, cambian los decorados, cambian las palabras que utilizan para justificarse, pero debajo de todo eso suele esconderse el mismo miedo: el terror a quedarse quieto en una habitación sin ruido suficiente para distraerse de sí mismos.
Quizá por eso me interesa cada vez menos la autenticidad.
La palabra se ha convertido en una religión extraña. Todo el mundo quiere parecer auténtico. Las marcas quieren parecer auténticas. Los políticos quieren parecer auténticos. Los influencers quieren parecer auténticos. Los artistas quieren parecer auténticos.
Y cuanto más se esfuerzan por parecerlo, más artificial resulta todo.
Empiezo a pensar que la sinceridad y la autenticidad no son lo mismo.
La autenticidad es una estética.
La sinceridad es una herida.
Una persona puede estar completamente disfrazada y seguir siendo sincera.
Puede esconderse detrás de personajes, máscaras, símbolos, exageraciones, fantasías y artificios y aun así estar contando la verdad.
A veces incluso más verdad que alguien que presume de mostrarse tal como es.
Porque nadie se muestra tal como es.
Ni siquiera delante del espejo.
Todos construimos relatos.
Todos editamos recuerdos.
Todos elegimos qué partes de nosotros enseñamos y cuáles dejamos en la sombra.
La diferencia está en quién es consciente de ello.
Quizá por eso me atraen los mundos artificiales. Los decorados. Los objetos imposibles. Las fantasías que no intentan hacerse pasar por realidad. Al menos son honestos respecto a su propia mentira.
Vivimos rodeados de ficciones que se presentan como hechos. Cuerpos convertidos en productos. Opiniones convertidas en identidades. Éxitos convertidos en personalidad. Personas transformadas en marcas que trabajan veinticuatro horas al día promocionando una versión cuidadosamente seleccionada de sí mismas.
Todo parece espontáneo.
Todo está calculado.
Todo parece cercano.
Todo está diseñado para vender algo.
Y en medio de ese ruido cada vez me interesa más la gente que acepta su propia contradicción.
La gente que no intenta resolver el misterio.
La gente que entiende que ser humano consiste precisamente en habitar varios personajes a la vez.
Quizá la libertad no consista en quitarse la máscara.
Quizá consista en elegirla.
Saber que es una máscara.
Disfrutarla.
Transformarla.
Romperla cuando deja de servir.
Construir otra.
Y seguir avanzando.
Porque al final todos terminamos actuando sobre algún escenario.
La cuestión no es si existe el disfraz.
La cuestión es quién está sujetando los hilos.