La suavidad siempre incomodó más que la violencia
Crecí rodeado de hombres que parecían vivir en guerra constante consigo mismos.
Y creo que eso marca muchísimo más de lo que la gente admite luego cuando habla de masculinidad, deseo o identidad como si todo fuese teoría cultural limpia y perfectamente explicable.
En mi caso la masculinidad siempre estuvo asociada a algo bastante triste. Muchísimo orgullo. Muchísimo silencio. Muchísima vergüenza emocional escondida debajo de personajes duros.
Mi padre podía ser una persona extremadamente dulce y al mismo tiempo llamarme maricón como si estuviera intentando arrancarse algo de encima a sí mismo más que insultarme realmente a mí. Y supongo que crecer viendo eso te deja una relación rarísima con los hombres. Porque empiezas a entender muy pronto que muchas veces la violencia masculina no nace de fuerza real sino de fragilidad, miedo y frustración acumulada durante generaciones enteras.
Hombres completamente incapaces de vivir en paz consigo mismos intentando enseñarle a otros hombres cómo deben comportarse para sobrevivir.
Y sinceramente creo que gran parte de mi trabajo nace exactamente ahí.
No me interesa hacer imágenes masculinas triunfantes. Me interesa desmontar un poco toda esa actuación constante. Mezclar masculinidad con cosas que culturalmente siempre fueron consideradas demasiado blandas, demasiado ridículas o demasiado sentimentales para entrar dentro del personaje masculino tradicional.
El rosa.
La ternura.
La decoración.
La vulnerabilidad visual.
Lo cursi.
La sensibilidad exagerada.
La fantasía.
El melodrama.
Porque curiosamente ahí es donde muchos hombres empiezan a sentirse incómodos de verdad.
La cultura masculina soporta perfectamente la violencia. Soporta el sexo. Soporta incluso la autodestrucción mientras siga viéndose “masculina”. Lo que muchas veces no soporta es la suavidad visible.
Un hombre llorando sinceramente incomoda más que un hombre destrozándose.
Y creo que crecer marica te hace detectar eso muy rápido.
Por eso muchas veces siento que mis personajes masculinos parecen atrapados dentro de algo. Como si estuvieran intentando existir dentro de códigos masculinos que les quedan pequeños emocionalmente. Cuerpos grandes dentro de habitaciones infantiles. Hombres sexualizados rodeados de estética tierna. Personajes que parecen fuertes pero agotados por mantener constantemente cierta imagen de sí mismos.
Y sinceramente creo que todo eso tiene muchísimo que ver con haber crecido viendo hombres que nunca pudieron permitirse ser emocionalmente complejos sin sentir vergüenza.
Mi padre estaba lleno de contradicciones. Muchísima gente lo está. Pero creo que hay generaciones enteras de hombres destruidos por una idea de masculinidad completamente enferma donde ternura y debilidad parecían exactamente la misma cosa.
Y claro que eso termina saliendo luego en cómo miras el cuerpo, el deseo o incluso el arte.
Porque yo no utilizo colores pastel, estética cursi o personajes masculinos blandos simplemente por “romper normas”. Me interesan porque ahí aparece algo mucho más humano que la masculinidad perfectamente endurecida que veo constantemente alrededor.
Además internet empeoró muchísimo esta obsesión masculina por convertirse en personaje visual. Ahora parece que muchísimos hombres viven actuando continuamente una versión optimizada de sí mismos. El cuerpo correcto. La pose correcta. La distancia emocional correcta. Todo diseñado para no parecer demasiado sensibles, demasiado raros o demasiado vulnerables.
Y sinceramente creo que por eso me interesa tanto contaminar esas imágenes con ternura.
No para suavizarlas.
Sino para romper un poco la ficción.
Porque debajo de muchísimas masculinidades aparentemente seguras sigo viendo exactamente lo mismo que veía de pequeño:
hombres aterrados de parecer débiles porque probablemente a ellos tampoco les dejaron ser otra cosa.