Heredar el trono de las ruinas
Nunca he querido parecer respetable.
La respetabilidad siempre me ha parecido una estafa inventada por gente con miedo.
Miedo a mancharse.
Miedo a desear.
Miedo a fracasar delante de otros.
Yo crecí rodeado de personas que se rompían intentando sobrevivir. Gente demasiado cansada para construir personajes elegantes. Gente que llegaba a casa con los bolsillos vacíos, los nervios destrozados y el orgullo hecho trizas.
Por eso nunca he conseguido admirar demasiado a los vencedores.
Prefiero a los monstruos.
A los raros.
A los maricones.
A las personas que siguieron bailando cuando ya no quedaba música.
A veces siento que toda mi obra habla de eso.
De recoger los restos de cosas que parecían fracasadas y construir un altar con ellas.
Un altar hecho con juguetes rotos, canciones imposibles, cuerpos imperfectos, sueños absurdos y futuros que nadie pidió.
Quizá por eso sigo aquí.
Porque nunca me interesó ocupar el centro.
Me interesan los márgenes.
Los lugares donde se acumulan los errores.
Los rincones donde terminan las personas que no encajan en la fotografía oficial.
Allí siempre encuentro más belleza que en cualquier palacio.
Allí siempre encuentro más verdad que en cualquier discurso.
Y si alguna vez llevo una corona, será exactamente para eso.
Para gobernar un reino de criaturas defectuosas.
Para abrir las puertas a quienes fueron expulsados de otros lugares.
Para recordar que la vergüenza cambia de bando cuando dejamos de escondernos.
Porque nunca he querido ser un ejemplo.
Solo quería demostrar que incluso entre las ruinas puede crecer algo hermoso, peligroso y completamente inútil para el orden establecido.