Los huérfanos del futuro

Cuando era niño pensaba que el futuro sería un lugar.

Un sitio al que llegaríamos tarde o temprano.

Habría coches voladores, ciudades transparentes, colonias espaciales, máquinas inteligentes y algún tipo de respuesta para todas las preguntas que parecían imposibles. El futuro era una promesa. Una dirección. Una línea recta avanzando hacia delante.

Con los años descubrí que el futuro no funciona así.

El futuro no llega.

Se acumula.

Se mezcla.

Se rompe.

Se contradice.

Vivimos rodeados de restos de futuros que nunca ocurrieron. Las películas de ciencia ficción de los setenta, las portadas de los discos de los ochenta, las visiones optimistas de internet, las utopías tecnológicas, los manifiestos políticos, los sueños colectivos que prometían un mundo completamente diferente del que acabó apareciendo.

Quizá por eso siento cierta ternura por las estéticas obsoletas.

Porque hablan de la esperanza.

No de la esperanza individual de una persona concreta, sino de la esperanza de una época entera.

Cada generación imagina un mañana distinto.

Y cada generación acaba dejando atrás una montaña de promesas incumplidas.

A veces pienso que muchos de nosotros vivimos entre esas ruinas.

Somos hijos de mundos que no llegaron a construirse.

Nos educaron para una realidad que desapareció antes de empezar.

Nos hablaron de estabilidad en mitad de la precariedad.

Nos hablaron de progreso en mitad del colapso.

Nos hablaron de libertad mientras todo se convertía en producto.

Nos hablaron de conexión mientras aprendíamos a sentirnos cada vez más solos.

Y aun así seguimos imaginando.

Eso es lo que más me sorprende.

La capacidad humana para seguir inventando horizontes incluso cuando los anteriores han fracasado.

Seguimos soñando ciudades.

Seguimos soñando cuerpos.

Seguimos soñando amores.

Seguimos soñando máquinas.

Seguimos soñando versiones de nosotros mismos que todavía no existen.

Quizá la imaginación sea el último territorio que todavía no ha sido completamente colonizado.

O quizá simplemente sea una forma elegante de resistirse a la realidad cuando esta se vuelve demasiado estrecha.

No lo sé.

Lo único que sé es que siempre me han interesado más las personas que miran hacia lo desconocido que las que pasan la vida defendiendo lo que ya conocen.

Porque toda transformación empieza igual.

No con una certeza.

No con una respuesta.

No con un plan perfecto.

Empieza con alguien mirando hacia un lugar que todavía no existe y preguntándose si merece la pena intentarlo.

La mayoría de las veces no hay garantías.

La mayoría de las veces no hay mapas.

La mayoría de las veces ni siquiera hay compañía.

Solo una intuición.

Una pequeña anomalía.

Una sospecha persistente de que el mundo podría ser distinto.

Y a veces eso es suficiente para empezar el viaje.

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Garbi KW propone un trabajo híbrido entre muchas disciplinas dispares: arte urbano, diseño, arte, publicidad, cine, instalaciones, collages, videoarte, cartelismo, pintura, lustración, actos performativos, moda, etc.

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