Las inercias.
Hace unos meses tomé una decisión que llevaba años rondándome por la cabeza. Dejé de organizar mi vida alrededor de los encargos y empecé a organizarla alrededor de mi trabajo artístico. Dicho así parece una frase sencilla, pero cualquiera que haya intentado vivir de algo tan inestable como el arte sabe que en realidad es una apuesta bastante temeraria.
No hablo de hacerse rico. Nunca he pensado demasiado en eso. Hablo de algo mucho más modesto y probablemente más difícil: conseguir que tu trabajo te permita seguir existiendo sin tener que pedirle permiso constantemente a actividades que no te representan. Tener tiempo para desarrollar tus ideas. Tener margen para equivocarte. Poder dedicar una mañana entera a una imagen absurda, una canción imposible o un proyecto que todavía no sabes si tiene sentido.
La teoría era buena.
La práctica ha sido bastante más caótica.
Durante un tiempo parecía que todo empezaba a encajar. Los números crecían. Algunos proyectos encontraban su público. Empezaban a aparecer oportunidades. Había una sensación de movimiento. No de éxito, que es una palabra que cada vez me interesa menos, sino de avance. La sensación de que después de muchos años empujando algo en la oscuridad por fin comenzaba a desplazarse.
Y entonces llegaron los problemas.
No problemas épicos ni dramáticos. Problemas administrativos. Problemas técnicos. Problemas burocráticos. Ese tipo de obstáculos absurdos que nunca aparecen en las películas sobre artistas porque resultan demasiado aburridos para convertirse en argumento y demasiado importantes para ignorarlos en la vida real.
Proyectos que no podían venderse donde debían venderse.
Meses de trabajo bloqueados por cuestiones ajenas a la calidad del trabajo.
Un catálogo entero desapareciendo justo cuando empezaba a encontrar su lugar.
Horas y horas dedicadas a reconstruir cosas que ya deberían haber estado funcionando.
La sensación constante de correr para permanecer en el mismo sitio.
Y mientras tanto la realidad seguía avanzando.
Porque los ahorros no entienden de procesos creativos.
Las facturas no entienden de procesos creativos.
El alquiler no entiende de procesos creativos.
Así que llegaron nuevos encargos.
Algunos especialmente interesantes.
Otros especialmente complejos.
Proyectos audiovisuales enormes.
Exposiciones.
Comisariados.
Diseños.
Gráficos.
Visuales.
Montajes.
Fechas imposibles.
Calendarios delirantes.
Plazos que se pisan unos a otros hasta formar una especie de masa informe donde ya no recuerdas qué día de la semana es ni cuál de las veinte tareas urgentes era realmente la más urgente.
Hay mañanas en las que me despierto y tengo la sensación de estar gestionando cinco vidas distintas al mismo tiempo.
La persona que trabaja en una exposición.
La que prepara una instalación.
La que desarrolla visuales para un espectáculo.
La que diseña materiales para una película.
La que intenta mantener vivo un proyecto musical.
La que sigue produciendo imágenes para un universo propio que todavía no sabe exactamente en qué acabará convirtiéndose.
Y en medio de todo eso aparece la ansiedad.
No una ansiedad romántica.
No la ansiedad de artista de película independiente.
La ansiedad aburrida y práctica.
La de mirar el calendario.
La de calcular horas.
La de preguntarte si llegarás.
La de pensar que quizá has aceptado demasiado trabajo.
La de acostarte sabiendo que mañana habrá todavía más cosas por hacer.
Sin embargo hay algo curioso que llevo observando estos meses.
Cada vez que creo que estoy completamente desbordado, algo termina encajando.
No porque aparezca una solución mágica.
No porque el universo premie el esfuerzo.
Simplemente porque sigo avanzando.
Porque hago una cosa.
Luego otra.
Luego otra.
Y poco a poco la montaña empieza a cambiar de forma.
Supongo que llevo demasiados años trabajando para saber que el caos también tiene su propia lógica.
Las cosas raramente salen como las había imaginado.
Casi nunca.
Pero también es verdad que muchas veces terminan siendo mejores de lo que esperaba.
Distintas.
Más complejas.
Más humanas.
Más llenas de accidentes.
Y quizá eso también forme parte del oficio.
Últimamente pienso mucho en las instituciones culturales. He crecido alrededor de algunas. Les debo cosas importantes. Aprendizajes. Oportunidades. Personas que me ayudaron cuando todavía no sabía muy bien qué estaba haciendo. Sería injusto negarlo.
También conozco sus límites.
Conozco sus contradicciones.
Conozco las normas absurdas.
Los procedimientos interminables.
Las inercias.
Los compromisos.
Las pequeñas guerras invisibles que aparecen cuando intentas hacer cosas dentro de estructuras diseñadas para funcionar de otra manera.
Nunca me he sentido completamente cómodo dentro de esos espacios.
Pero tampoco creo en la fantasía de destruirlo todo.
Lo que intento hacer es algo mucho más sencillo y mucho más difícil: trabajar con dignidad dentro de las reglas que existen sin olvidar nunca para quién debería existir realmente la cultura.
Los artistas.
Las comunidades.
Las personas que necesitan esos espacios.
No siempre sale bien.
A veces es frustrante.
A veces es agotador.
Pero sigo creyendo que merece la pena intentarlo.
Quizá porque me he dado cuenta de algo importante este año.
Mi proyecto ya no desaparece cuando estoy ocupado.
Antes sí.
Antes cualquier encargo lo interrumpía.
Cualquier urgencia lo apartaba.
Cualquier trabajo externo ocupaba todo el espacio.
Ahora no.
Ahora siempre queda un rincón del día para él.
Aunque sea pequeño.
Aunque avance despacio.
Aunque algunas semanas parezca detenido.
Sigue ahí.
Esperándome.
Y eso me tranquiliza más de lo que esperaba.
Porque empiezo a entender que no estoy construyendo algo para este año.
Ni para el siguiente.
Ni siquiera para esta década.
Estoy construyendo algo para toda una vida.
Quizá nunca me compre una casa gracias a ello.
Quizá nunca alcance muchas de las metas que se supone que debería perseguir.
Pero me está dando algo que durante mucho tiempo no tuve.
La posibilidad de decidir hacia dónde quiero caminar.
Y después de tantos años trabajando en proyectos ajenos, descubro que eso tiene un valor enorme.
Así que sí, estoy cansado.
Estoy saturado.
Voy tarde.
Tengo demasiadas pestañas abiertas en el ordenador y probablemente demasiadas abiertas también en la cabeza.
Pero si miro todo lo que está ocurriendo desde cierta distancia, la verdad es que no cambiaría este caos por la tranquilidad de esperar una llamada para que alguien me dijera qué hacer con mi tiempo.
Porque por primera vez en muchos años, incluso cuando trabajo para otros, sé perfectamente dónde está mi casa.
Y esa casa sigue esperándome al final de cada jornada.