La nostalgia también puede convertirse en una prisión
Me hace gracia la cantidad de gente que vive mirando constantemente hacia atrás como si el pasado hubiese sido un sitio muchísimo más auténtico que el presente. Todo el rato escucho lo mismo. La música de antes. Las discotecas de antes. Internet antes. Las relaciones antes. Las escenas antes. Como si el tiempo hubiese destruido algo puro y ahora solo quedara una copia barata de todo.
Y sinceramente creo que muchas veces eso no es nostalgia. Es miedo.
Miedo a aceptar que las cosas cambian aunque no nos dé tiempo a entenderlas del todo.
A mí también me pasa. Hay momentos donde echo muchísimo de menos ciertas épocas. El internet raro de cuando era más joven. Descubrir música por casualidad. Los foros llenos de gente obsesiva. Las primeras fiestas queer donde todo parecía más peligroso y más vivo al mismo tiempo. Incluso echo de menos versiones antiguas de mí mismo que probablemente eran bastante más infelices de lo que recuerdo ahora.
Pero también sé que idealizar demasiado el pasado acaba convirtiéndose en una forma de no vivir realmente el presente.
Y creo que por eso intento no quedarme atrapado ahí aunque trabaje constantemente con símbolos nostálgicos.
Porque sí, mi universo está lleno de referencias antiguas. Videojuegos viejos. Cultura de los noventa y los dos mil. Discotecas medio decadentes. Estética cyber cutre. Peluches. Cultura trash de internet. Música makina. Renderizados que parecen sacados de un ordenador antiguo. Todo eso sigue formando parte de mí porque crecí rodeado de esas imágenes y todavía me emocionan muchísimo.
Pero no me interesa recrearlas exactamente igual.
Me interesa deformarlas.
Convertirlas en otra cosa.
Me gusta cuando una imagen parece familiar y extraña al mismo tiempo. Como un recuerdo que ya no sabes si pasó exactamente así o si tu cabeza lo fue transformando con los años. Supongo que por eso me obsesionan tanto las cosas artificiales. Porque la memoria también lo es un poco.
Además creo que hacerse mayor consiste bastante en aprender a convivir con distintas versiones de ti mismo sin intentar destruirlas continuamente. Hay gente que parece vivir avergonzada de todo lo que fue hace cinco años. Yo ya no siento eso. Incluso las etapas más caóticas o ridículas forman parte de cómo he llegado hasta aquí.
La tristeza.
La rabia.
La necesidad constante de gustar.
La obsesión con el cuerpo.
Las relaciones larguísimas que te cambian completamente la percepción de ti mismo.
Las noches sintiéndote invisible.
La sensación de estar fuera de lugar.
Las épocas donde quería desaparecer y las épocas donde necesitaba llamar la atención constantemente.
Todo eso sigue ahí de alguna manera aunque haya cambiado muchísimo.
Y sinceramente creo que por eso me interesa tanto seguir creando. Porque las canciones, las imágenes y los vídeos me permiten ver todas esas versiones convivir juntas sin necesidad de convertirlas en una historia limpia o ejemplar.
Nunca me ha interesado demasiado la idea de “superarse”. Me parece una palabra bastante aburrida. Como si la vida fuese una línea recta donde un día solucionas todos tus problemas y ya te conviertes en una persona estable y luminosa para siempre.
Yo no siento que funcione así.
Creo más bien que uno aprende a convivir mejor con sus fantasmas. A reconocerlos antes. A entender qué partes de ti vienen del dolor, del deseo, del miedo o de la necesidad de ser querido. Y supongo que en mi caso gran parte del proyecto también nace de ahí.
De intentar transformar todas esas cosas en algo visualmente vivo en vez de esconderlas debajo de una versión demasiado correcta de mí mismo.