Por qué los espacios cutres de internet me emocionan más que muchas galerías
A veces siento más emoción viendo un perfil abandonado de Fotolog que entrando en muchas exposiciones de arte contemporáneo. Y no lo digo como pose nostálgica ni como “todo tiempo pasado fue mejor”. De hecho gran parte de aquella internet era horrible. Fea, lentísima, llena de gifs espantosos, webcams pixeladas, fondos imposibles, chats llenos de gente mintiendo y páginas que parecían diseñadas por alguien encerrado tres días en un cibercafé después de beber demasiada Coca-Cola.
Precisamente por eso me gustaba.
Porque había algo profundamente humano en toda aquella torpeza visual. La gente todavía no estaba tan entrenada para convertirse en marca. Las identidades eran muchísimo más accidentales. Más exageradas también. Más feas a veces. Pero muchísimo menos calculadas.
Pienso mucho en los perfiles antiguos de MySpace donde alguien mezclaba sin ningún pudor una canción tristísima, un fondo de llamas, fotos desenfocadas hechas con una webcam mala, frases emo robadas de algún blog y renders de Final Fantasy todos juntos ocupando el mismo espacio. Era caótico, sí, pero también había algo muy sincero en esa necesidad de construir pequeños universos emocionales con las herramientas cutres que teníamos.
Y sinceramente creo que gran parte de internet perdió eso cuando empezó a profesionalizarse.
Ahora todo parece demasiado consciente de sí mismo. Las personas ya no decoran sus espacios digitales como quien llena una habitación adolescente de posters, peluches, recortes y luces raras. Ahora construyen perfiles optimizados. Identidades legibles. Versiones de sí mismos pensadas para ser consumidas rápido y entendidas en cinco segundos.
Y claro, visualmente todo es mucho más limpio. Más elegante. Más minimalista. Pero también siento que muchísimas veces está completamente muerto.
Porque lo que me emocionaba de aquella internet no era la estética “retro” sino la sensación de estar entrando en cabezas reales. Personas obsesivas, intensas, raras o solitarias intentando convertir una pantalla en un refugio emocional aunque el resultado fuese horrible visualmente.
Además había algo muy bonito en la imperfección técnica. Las webcams saturadas, los vídeos comprimidos hasta destruir la imagen, los renders baratos de discotecas virtuales, los chats gays llenos de nicknames imposibles y emoticonos sexuales hechos con símbolos del teclado. Todo parecía construido desde la necesidad y no desde la estrategia.
Y creo que por eso todavía me afecta tanto visualmente.
Porque muchas veces encuentro más verdad emocional en un banner horrible de 2004 que en ciertas obras contemporáneas perfectamente comisariadas donde ya puedes notar exactamente qué quiere parecer inteligente, sensible o políticamente correcto antes incluso de terminar de mirarlo.
También pienso mucho en cómo internet antes permitía que la gente fuese mucho más monstruosa visualmente. Y digo monstruosa en el mejor sentido. Había espacio para lo exagerado, lo ridículo, lo cursi, lo intensísimo. Los perfiles parecían dormitorios emocionales abiertos al público. Personas construyendo versiones imposibles de sí mismas mezclando cultura pop, porno, anime, música triste, estética cyber, glitter, oscuridad emo y deseos completamente contradictorios.
Ahora en cambio siento que gran parte de internet parece un showroom vacío. Todo perfectamente iluminado. Perfectamente explicado. Perfectamente optimizado para parecer interesante sin resultar demasiado incómodo.
Y sinceramente creo que esa limpieza ha destruido muchísimo misterio.
Porque una cosa que echo muchísimo de menos es la sensación de descubrir mundos personales realmente extraños. Antes internet parecía lleno de personas construyendo pequeños universos privados porque necesitaban sobrevivir emocionalmente en alguna parte. Ahora muchas veces parece lleno de gente aprendiendo a convertirse en contenido.
Incluso las estéticas alternativas actuales me resultan muchísimo más domesticadas. El internet raro de principios de los 2000 estaba lleno de gente haciendo cosas horribles sin ninguna distancia irónica. Y precisamente por eso acababan apareciendo imágenes realmente inolvidables. Había deseo real detrás. Obsesión. Vergüenza. Soledad. Gente intentando convertirse en fantasía desde habitaciones pequeñas y ordenadores lentísimos.
Supongo que por eso sigo tan obsesionado con ciertas imágenes pobres o artificiales. Los renders malos. Las luces de neón falsas. Las texturas digitales antiguas. Las habitaciones virtuales vacías. Los cuerpos pixelados. Todo eso me sigue emocionando muchísimo más que gran parte de la estética contemporánea obsesionada con parecer limpia, elegante y culturalmente correcta.
Porque al final lo que echo de menos no es una tecnología concreta.
Echo de menos cuando internet todavía parecía un lugar construido por personas raras intentando encontrarse entre ellas y no un escaparate gigantesco donde todo el mundo ya sabe exactamente cómo debe presentarse para resultar deseable.