Los videoclips industriales de los 90 parecían hechos por personas con fiebre
Echo muchísimo de menos cuando el futuro todavía daba miedo.
No nostalgia tecnológica barata tipo “qué guay eran los 90”, sino esa sensación concreta de estar viendo imágenes hechas por gente que parecía realmente obsesionada, cansada o directamente un poco enferma mentalmente.
Muchos videoclips industriales de finales de los 90 y principios de los 2000 parecían grabados desde dentro de una crisis nerviosa tecnológica. VHS rotos. Carne sudada. Luces verdes de hospital. Metal oxidado. Pantallas CRT. Ruido digital. Gente moviéndose como si llevase tres días sin dormir. Todo demasiado sexual y demasiado incómodo al mismo tiempo.
Y sinceramente creo que gran parte de mi imaginario visual sale más de ahí que de muchas referencias “artísticas” oficiales.
Nine Inch Nails parecía música hecha dentro de una fábrica llena de fantasmas sexuales. Los videoclips de Marilyn Manson tenían algo entre cabaret enfermo, trauma religioso y porno industrial de gasolinera. Aphex Twin directamente parecía entender internet antes de que internet existiera realmente como lo conocemos ahora: cuerpos deformes, sonrisas falsas, paranoia visual y sensación constante de que algo iba mal debajo de la imagen.
Y luego estaba Garbage, The Prodigy, los AMVs hechos por adolescentes insomnes, los edits horribles de MTV2, las intros de videojuegos cyberpunk baratos, toda esa cultura visual donde el futuro todavía no era limpio ni minimalista.
Era sucio.
Y creo que precisamente por eso me sigue emocionando muchísimo más que gran parte de la estética contemporánea actual.
Porque ahora casi todas las imágenes parecen hechas para tranquilizarte. Incluso las estéticas “oscuras” parecen diseñadas para funcionar bien en Instagram. Todo demasiado nítido. Demasiado consciente. Demasiado bonito.
En cambio aquellos videoclips parecían construidos desde la ansiedad real de una época donde la tecnología todavía tenía algo profundamente inestable y sexualmente raro.
Además había algo muy importante: los cuerpos todavía podían resultar desagradables.
Sudor.
Ojeras.
Dientes raros.
Maquillaje corrido.
Piel mala.
Piercings baratos.
Hombres demasiado delgados.
Mujeres que parecían peligrosas y agotadas al mismo tiempo.
Ahora internet parece lleno de avatares fitness emocionalmente neutros iluminados por LEDs blancos de influencer. En cambio toda aquella estética industrial estaba llena de personas que parecían sobrevivir dentro de habitaciones llenas de cables, humo artificial y deseo roto.
Y creo que por eso sigo llenando mis vídeos de ruido visual, renders incómodos, luces saturadas y personajes masculinos que parecen más solos que poderosos.
Porque sinceramente sigo buscando esa sensación.
La sensación de estar viendo algo hecho por alguien obsesionado y no por un equipo de branding.
También me interesa muchísimo cómo aquellos videoclips mezclaban cultura alta y basura sin ningún tipo de complejo. Fetichismo industrial, anime, porno, religión, body horror, rave culture, BDSM barato, cibercultura paranoica, MTV, videojuegos, ruido electrónico… todo mezclado dentro de la misma sopa visual.
Y supongo que por eso nunca aprendí a separar correctamente arte y cultura basura. Para mí un videoclip viejo de The Prodigy puede resultar muchísimo más emocionante visualmente que muchas instalaciones contemporáneas perfectamente correctas.
Porque ahí todavía había peligro estético.
Incluso el mal gusto tenía personalidad.
Ahora muchas imágenes contemporáneas parecen diseñadas desde una obsesión enfermiza por parecer “curadas”. Todo limpio. Todo elegante. Todo consciente de sí mismo. En cambio el imaginario industrial noventero parecía lleno de personas intentando expulsar ansiedad visualmente antes de que internet terminara convirtiendo toda emoción en contenido optimizado.
Y creo que también por eso me interesa tanto trabajar con IA aunque tenga contradicciones enormes con ella.
Porque muchas veces siento que puedo utilizarla no para crear imágenes perfectas sino precisamente para recuperar cierta incomodidad visual perdida. Avatares demasiado suaves. Hombres renderizados como santos sexuales tristes. Espacios digitales vacíos que parecen discotecas abandonadas dentro de un videojuego roto.
No me interesa la IA cuando intenta parecer “real”.
Me interesa cuando parece una alucinación tecnológica emocionalmente defectuosa.
Supongo que en el fondo sigo buscando exactamente lo mismo que encontraba viendo videoclips horribles de madrugada en MTV2 cuando era pequeño:
la sensación de que alguien estaba utilizando imágenes para expulsar algo raro de dentro de sí mismo aunque el resultado fuese excesivo, incómodo o directamente un poco feo.