La puerta rosa
Hay momentos en los que uno deja de buscar respuestas y empieza a buscar puertas.
No puertas reales. No esas que separan habitaciones o esconden trasteros llenos de cosas que algún día prometimos ordenar. Hablo de otro tipo de puertas. Las que aparecen cuando una vida deja de encajar del todo dentro de sí misma. Las que se abren cuando el personaje que has interpretado durante años empieza a resultarte incómodo. Las que surgen cuando descubres que el mapa que llevabas en el bolsillo describe un territorio que ya no existe.
Siempre me han fascinado las personas que cruzan.
No las que llegan.
No las que triunfan.
No las que encuentran certezas.
Las que cruzan.
Porque nadie habla del momento exacto en que alguien abandona una versión de sí mismo sin saber todavía qué va a encontrar al otro lado.
Vivimos obsesionados con las metas. Queremos finales, conclusiones, etiquetas, definiciones. Queremos saber quiénes somos, qué hacemos, dónde pertenecemos. Queremos que las historias tengan sentido. Queremos que los caminos conduzcan a algún sitio reconocible.
Pero la mayor parte de la vida ocurre en mitad del trayecto.
En ese instante incómodo en el que ya no eres quien eras y todavía no sabes quién vas a ser.
Esta imagen habla de eso.
No veo una persona entrando.
Veo una persona abandonando algo.
Quizá una identidad.
Quizá una profesión.
Quizá una expectativa.
Quizá una promesa que nunca fue suya.
Lo interesante es que no podemos ver qué hay al otro lado.
Solo vemos una luz rosa escapando por una grieta.
Una insinuación.
Una posibilidad.
Un rumor.
Y creo que así funcionan las decisiones importantes. Nunca aparecen acompañadas de garantías. Nunca vienen con un folleto explicativo. Nunca te prometen que el esfuerzo habrá merecido la pena.
Solo existe una pequeña rendija de luz.
Y la intuición absurda de que debes caminar hacia ella.
Con el tiempo he aprendido que las transformaciones más profundas suelen parecer errores cuando empiezan. Desde fuera parecen pérdidas de tiempo, caprichos, crisis de identidad o desvíos innecesarios. Solo años después adquieren una forma reconocible.
Quizá por eso me cuesta tanto confiar en los caminos demasiado claros.
Los caminos claros suelen llevar a lugares que ya existen.
A mí siempre me han interesado más los que todavía están siendo inventados.
Los que obligan a avanzar a oscuras.
Los que no ofrecen prestigio.
Los que no garantizan resultados.
Los que te obligan a construir el suelo mientras caminas.
Tal vez por eso sigo aquí.
No porque tenga un plan perfecto.
No porque sepa exactamente dónde termina todo esto.
Sino porque cada cierto tiempo aparece una nueva puerta en mitad de la oscuridad.
Y aunque no sepa adónde conduce, sigo sintiendo la necesidad de cruzarla.