La sospecha de que esta vez sí

Hay una sensación extraña que aparece cuando llevas muchos años intentando construir algo propio. No es entusiasmo exactamente. Tampoco es confianza. Es más bien una sospecha. Una pequeña vibración que dice: quizá esta vez sí.

Y al mismo tiempo, otra voz responde inmediatamente: cuidado, esto ya lo has pensado antes.

Lo he sentido varias veces a lo largo de mi vida. Cuando empecé a pintar en la calle y creí que estaba encontrando una forma de hablar con la ciudad. Cuando los murales empezaron a crecer y pensé que aquello podía sostener una carrera. Cuando apareció el mundo digital y me lancé a explorar territorios nuevos: el vídeo, el VJ, las primeras redes, los experimentos que nadie sabía muy bien cómo nombrar. Más tarde llegaron otras promesas: proyectos colectivos, aventuras que parecían abrir una puerta distinta, territorios nuevos que prometían estabilidad, reconocimiento o al menos un lugar claro dentro de algo.

Con el tiempo he aprendido que muchas de esas sensaciones eran reales, pero no eran definitivas. Eran etapas. Momentos de intensidad que después se agotaban o se transformaban en otra cosa. No porque estuvieran mal, sino porque mi vida y mi trabajo siempre han tenido algo de movimiento continuo. Como si cada proyecto fuera una habitación donde me quedo un tiempo hasta que el aire cambia.

Por eso ahora, cuando empiezo a sentir otra vez esa vibración —esa sospecha de que algo encaja— también aparece el miedo. El miedo a estar repitiendo el mismo patrón. A entusiasmarme demasiado pronto. A volver a construir una ilusión que dentro de unos años miraré con distancia.

Pero esta vez hay algo distinto que no tiene que ver con el proyecto en sí, sino conmigo.

Antes siempre estaba buscando un lugar donde encajar. Un sistema, una escena, una comunidad, una institución, un tipo de obra que pudiera sostener mi identidad como artista. Había una necesidad muy fuerte de pertenecer a algo, de encontrar el espacio donde mi trabajo tuviera sentido dentro de un mapa que otros ya conocían.

Ahora el mapa es otro.

No estoy intentando entrar en ningún sitio. Estoy construyendo algo que no sé exactamente dónde encaja. Un universo propio donde conviven música, vídeo, dibujos, fragmentos, errores, acumulación, pruebas constantes. Un lugar donde puedo trabajar durante horas sin preguntarme demasiado si eso encaja con una escena concreta o con lo que se supone que debería estar haciendo alguien de mi edad o de mi trayectoria.

Lo curioso es que ese cambio no viene de un momento de éxito, sino de haber pasado por bastantes fracasos. O mejor dicho, por bastantes finales.

Hay proyectos que terminan. Lugares donde ya no tienes nada que hacer. Etapas que se agotan aunque durante años parecieran el centro de tu vida. Cuando miras atrás ves el tiempo invertido, la energía, las expectativas. Y al principio cuesta aceptarlo.

Pero después de atravesar varios de esos finales aparece algo valioso: la capacidad de reconocer cuándo una etapa ya no te pertenece.

Y entonces ocurre algo inesperado.

Empiezas a trabajar sin la ansiedad de tener que acertar.

Eso no significa que no haya miedo. El miedo sigue ahí. Sobre todo cuando pienso en el tiempo. En la edad. En la precariedad constante de intentar sostener una vida dedicada a crear cosas que nadie te ha pedido. A veces aparece la pregunta incómoda: ¿y si esto tampoco es?

Pero justo ahí es donde aparece la sospecha.

No porque este proyecto sea necesariamente el definitivo. No creo ya en esas palabras. Lo que sí siento es que, por primera vez en mucho tiempo, el trabajo nace desde un lugar mucho más honesto. No responde a una escena, ni a una estrategia, ni a una oportunidad externa. Sale directamente de lo que llevo años acumulando: dibujo, vídeo, música, collage, obsesiones visuales, memoria, ruido, fragmentos de todo lo que he hecho antes.

Es como si muchas piezas dispersas hubieran empezado a hablar entre ellas.

Eso no garantiza nada. Puede que dentro de unos años también mire esto desde otra distancia. Puede que cambie otra vez de forma. Puede que todo vuelva a mutar.

Pero hay algo que sí sé.

Esta vez no estoy intentando convertirme en alguien distinto.
Estoy trabajando exactamente con lo que soy ahora.

Y quizá por eso aparece esa sensación difícil de explicar:
no la certeza, sino la sospecha.

La sospecha de que, aunque el camino vuelva a torcerse, el lugar desde el que estoy trabajando esta vez ya no va a desaparecer.

Written by:

Garbi KW propone un trabajo híbrido entre muchas disciplinas dispares: arte urbano, diseño, arte, publicidad, cine, instalaciones, collages, videoarte, cartelismo, pintura, lustración, actos performativos, moda, etc.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *