La repetición no empezó con la IA

Utilizo la inteligencia artificial. No como quien encuentra una respuesta, sino como quien abre una grieta en una superficie que ya estaba agrietada. La IA no aparece en mi trabajo como una solución ni como una amenaza definitiva. Aparece como una interferencia. Como un espejo extraño que no devuelve exactamente mi cara, pero tampoco una cara completamente ajena.

Durante mucho tiempo nos contamos la historia de que el arte era el territorio de lo irrepetible, de lo singular, de lo imposible de copiar. Pero basta observar con cierta distancia para ver que la repetición siempre ha estado ahí, sosteniendo discretamente la mayoría de las imágenes que consumimos y producimos. La repetición de estilos, de fórmulas, de poses, de estructuras narrativas, de gestos que aprendimos a reconocer como válidos.

La repetición tranquiliza porque construye la ilusión de pertenencia.

La IA no inventa esa lógica. La intensifica. La hace visible hasta el punto de volverla incómoda. De repente podemos ver con claridad hasta qué punto muchas identidades visuales eran sistemas relativamente cerrados, pequeñas variaciones dentro de márgenes muy definidos.

No me interesa la defensa ingenua de la tecnología ni el rechazo automático que convierte cualquier herramienta nueva en un enemigo moral. Me interesa observar cómo se reorganizan los discursos cuando aparece una herramienta que cuestiona la idea de originalidad como valor absoluto.

He visto reacciones de pánico. He escuchado amenazas ridículas pronunciadas con una solemnidad casi performativa, como si la violencia verbal pudiera proteger un territorio simbólico que ya estaba en crisis mucho antes de que existieran los modelos generativos. Personas defendiendo la pureza del dibujo como si la pureza hubiera existido alguna vez fuera de la imaginación romántica.

Amigos que dicen que el próximo dibujo con IA que vean merece un navajazo. Lo dicen medio en serio, medio en broma, medio desde el miedo. Y el miedo rara vez es un buen crítico de arte.

Porque el problema no es la herramienta. El problema es la fragilidad del lugar que cada uno cree ocupar dentro del sistema cultural. Durante años se nos ha repetido que el valor de una obra reside en su dificultad técnica, en la cantidad de horas invertidas, en la supuesta imposibilidad de reproducir exactamente ese resultado.

Pero la dificultad nunca ha sido garantía de verdad.

También he utilizado IA para trabajar textos. Durante un tiempo me convencí de que simplemente me ayudaba a corregir. Mis borradores eran excesivos, largos, llenos de capas innecesarias que intentaban proteger una idea todavía insegura. El resultado era más corto que el proceso. Pensé que la máquina solo eliminaba redundancias.

Después empecé a reconocer ciertos patrones en textos producidos en contextos muy distintos. Una insistencia estructural. Una manera de atravesar conceptos como si el texto avanzara con una determinación ligeramente artificial. Frases que parecían no pedir permiso para existir.

Una especie de seguridad sintáctica que resulta sospechosa.

Y entonces apareció una duda incómoda: ¿cuántas de nuestras formas de escribir eran ya previsibles antes de que una máquina aprendiera a imitarlas?

Quizás la inquietud no proviene de que la IA nos copie, sino de que la IA pone en evidencia hasta qué punto nosotros ya funcionábamos a través de repeticiones internalizadas.

No hay nada especialmente heroico en repetir estructuras aprendidas. Pero tampoco hay nada especialmente puro en rechazarlas.

La IA no introduce la repetición en el arte. Introduce la posibilidad de verla sin el filtro tranquilizador de la autoría romántica.

La idea de que el artista produce desde un lugar completamente singular siempre ha sido una ficción útil. Útil para el mercado, útil para las instituciones, útil para sostener la narrativa de que cada obra es un objeto irrepetible que justifica su valor económico y simbólico.

Pero cualquier práctica creativa está atravesada por influencias, referencias, contaminaciones, repeticiones involuntarias, obsesiones que vuelven una y otra vez con ligeras variaciones.

El estilo siempre ha sido una repetición estabilizada.

La IA no tiene deseo. No tiene biografía. No tiene miedo a desaparecer. No necesita reconocimiento. No necesita pagar alquiler. No necesita explicar su trabajo en una convocatoria ni justificar su práctica frente a un jurado ni sobrevivir a la indiferencia.

Nosotros sí.

Por eso la aparición de herramientas generativas no puede analizarse solo desde la estética. El conflicto es material. Es económico. Es emocional. Es estructural.

La precariedad en el ámbito creativo no empezó con la IA. La ansiedad por producir constantemente tampoco. La sensación de que siempre hay alguien dispuesto a trabajar por menos tampoco.

La IA entra en un ecosistema que ya estaba saturado de imágenes, saturado de discursos, saturado de identidades performativas que intentan diferenciarse lo suficiente como para ser reconocibles dentro de una economía de la atención cada vez más estrecha.

He visto una cantidad infinita de imágenes generadas con IA que no me interesan en absoluto. Imágenes técnicamente correctas, previsibles, complacientes, diseñadas para gustar rápidamente. Fantasías sin conflicto. Bellezas sin fricción.

Pero también he visto errores. Fallos de interpretación. Anatomías imposibles. asociaciones absurdas que producen una extraña vibración poética precisamente porque no responden a una intención consciente.

La máquina no sabe lo que está diciendo. Y en esa falta de saber a veces aparecen combinaciones que ningún autor defendería deliberadamente, pero que contienen una potencia inesperada.

No idealizo ese proceso. El accidente no garantiza profundidad. El error no convierte automáticamente una imagen en interesante. Pero revela algo importante: la producción de imágenes nunca ha sido un territorio completamente racional.

Siempre ha habido algo que se escapa del control.

Cuando utilizo IA no siento que esté sustituyendo el proceso creativo. Siento que estoy introduciendo un ruido nuevo en una conversación que ya estaba llena de interferencias. Una conversación donde identidad, mercado, deseo de reconocimiento, necesidad económica y pulsión expresiva nunca han estado completamente alineados.

La herramienta no resuelve esa tensión. Tampoco la crea.

No tengo miedo a la IA porque no espero de ella ninguna promesa de salvación ni ninguna amenaza definitiva. Es una herramienta imperfecta que reorganiza fragmentos de cultura existente y los devuelve en configuraciones a veces útiles, a veces irrelevantes, a veces inquietantes.

Si mañana desaparece, seguiré trabajando.

Si deja de estar disponible, volveré a los mismos conflictos fundamentales: cómo construir sentido dentro de un sistema saturado de signos, cómo producir imágenes que no se limiten a repetir clichés emocionales prefabricados, cómo sostener una práctica sin convertirla completamente en un producto.

Pintaré paredes. Escribiré frases torpes. Imaginaré cuerpos imposibles sin necesidad de renderizarlos. Volveré a la fricción directa con los materiales. A la lentitud. Al error humano que no puede deshacerse con un prompt.

La imaginación no depende de una interfaz.

La repetición no empezó con la IA y no terminará con ella.

Quizás la pregunta no es cómo proteger la creación de las herramientas nuevas, sino cómo evitar que el miedo se convierta en el criterio principal desde el que decidimos qué merece existir.

Porque incluso cuando todo parece haber sido dicho antes, seguimos necesitando decirlo otra vez.

No para ser originales.

Para comprobar si todavía estamos aquí.

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Garbi KW propone un trabajo híbrido entre muchas disciplinas dispares: arte urbano, diseño, arte, publicidad, cine, instalaciones, collages, videoarte, cartelismo, pintura, lustración, actos performativos, moda, etc.

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