Postrealidad sentimental

A veces pienso que el archivo no es una acumulación de obras sino una acumulación de versiones de uno mismo que no han sucedido exactamente, pero que tampoco son mentira. Son variaciones posibles, pequeñas ficciones que orbitan alrededor de una biografía real pero no la describen del todo. Quizá por eso me interesa tanto construir imágenes que parecen recuerdos de algo que nunca ocurrió, como si la memoria pudiera adelantarse a la experiencia o incluso inventarla. Una nostalgia de cosas que no hemos vivido, pero que sentimos como propias porque hemos consumido suficientes imágenes como para creer que forman parte de nosotros.

Hay algo extraño en sentir añoranza por una época que no hemos atravesado, por una relación que no hemos tenido, por un cuerpo que no hemos habitado, por una vida que solo conocemos a través de fotografías, películas, relatos, perfiles de Instagram o imágenes que alguien decidió compartir como si fueran fragmentos de verdad. Durante años hemos construido nuestra idea de la realidad a través de imágenes que ya estaban filtradas, editadas, seleccionadas, encuadradas, iluminadas, retocadas, optimizadas para generar una emoción concreta. No necesitábamos inteligencia artificial para alejarnos de la realidad. Ya vivíamos en un sistema donde la representación era una negociación constante entre lo que sucede y lo que queremos que parezca que sucede.

Hace años, cuando las redes sociales empezaron a llenarse de imágenes, se hablaba mucho de la postfotografía. Se decía que el hecho de que todo el mundo tuviera una cámara en el bolsillo acabaría con la fotografía como disciplina artística. Que la abundancia de imágenes produciría una saturación que haría imposible distinguir qué tenía valor y qué no. Que si todos podían hacer fotos, la fotografía dejaría de ser un lenguaje especializado. Sin embargo, lo que ocurrió no fue el fin de la fotografía, sino una transformación de su contexto. La imagen dejó de ser excepcional para convertirse en cotidiana. Y eso obligó a replantear la mirada. La fotografía no desapareció, simplemente cambió su lugar dentro de la cultura visual.

La postfotografía no significaba que la fotografía hubiera muerto, sino que la fotografía había dejado de ser prueba suficiente de realidad. Ya no bastaba con mostrar una imagen para afirmar que algo había sucedido. Entendimos que toda imagen contiene decisiones, que toda imagen está mediada por una intención, por un encuadre, por una elección previa sobre qué merece ser mostrado.

La imagen dejó de ser un documento inocente para convertirse en un espacio de interpretación.

Algo parecido está ocurriendo ahora, pero de una forma más radical. La diferencia es que la discusión ya no gira únicamente en torno a la manipulación de imágenes, sino en torno a la propia idea de realidad como algo estable. La inteligencia artificial no ha inventado la ficción, pero ha acelerado la conciencia de que la representación nunca fue completamente transparente.

Durante años hemos visto vidas aparentemente perfectas en redes sociales sin preguntarnos demasiado qué parte de esas vidas era representación y qué parte era experiencia. Hemos aceptado cuerpos retocados, relaciones idealizadas, narrativas de éxito cuidadosamente construidas. Hemos consumido imágenes de felicidad como si fueran fragmentos de verdad, aunque supiéramos en algún lugar que toda imagen implica una selección. Sabemos que una fotografía no muestra la discusión que ocurrió antes, el silencio que vino después, el esfuerzo que no se ve en la superficie.

Sin embargo, no exigíamos etiquetas que indicaran el grado de intervención que había detrás de esas imágenes. No pedíamos saber cuántas versiones habían sido descartadas antes de publicar la definitiva. No pedíamos transparencia absoluta sobre qué parte de la escena era espontánea y qué parte era resultado de una decisión previa. La ficción funcionaba porque no necesitaba declararse como tal.

Ahora parece que necesitamos marcar las imágenes que han sido producidas con inteligencia artificial como si el resto de imágenes pertenecieran automáticamente al territorio de lo verdadero. Como si la existencia de una nueva herramienta pusiera en peligro una pureza que nunca fue completamente real.

La mayoría de las imágenes que hemos consumido siempre han estado mediadas por algún tipo de construcción narrativa. Incluso antes de las redes sociales, los medios ya seleccionaban qué historias contar, qué imágenes mostrar, qué relatos repetir hasta convertirlos en realidad compartida.

La idea de verdad siempre ha estado ligada a la forma en que decidimos contar las cosas.

Quizá estamos entrando en una etapa que podríamos llamar postrealidad, no porque la realidad haya desaparecido, sino porque hemos tomado conciencia de hasta qué punto nuestra experiencia del mundo está mediada por relatos, imágenes, interpretaciones y versiones parciales.

Las redes sociales han convertido la identidad en una narración continua. Cada perfil es una selección de momentos que construyen un personaje reconocible. No necesariamente falso, pero tampoco completo. Una versión editada de una vida que continúa fuera del encuadre.

Tal vez el error ha sido pensar que esas narraciones eran transparentes.

Incluso sin inteligencia artificial, ya convivíamos con ficciones cotidianas: cuerpos que no son exactamente como aparecen en las imágenes, relaciones que parecen más estables en pantalla que en la experiencia real, discursos que prometen soluciones mientras intentan vender algo, consejos que funcionan como estrategias de posicionamiento, relatos que buscan producir una emoción específica.

La inteligencia artificial no ha creado la distancia entre representación y realidad, pero ha hecho visible esa distancia de una forma más difícil de ignorar.

Quizá por eso genera tanta incomodidad.

Porque obliga a reconocer que nunca hemos tenido acceso directo a la experiencia de los demás, solo a sus narraciones.

Tal vez necesitamos aceptar que toda imagen es un tipo de relato, que toda identidad pública implica una forma de edición, que toda narrativa contiene silencios.

Pensar los perfiles como personajes no implica negar la existencia de las personas, sino entender que toda representación es parcial. Incluso fuera de las pantallas, todos modulamos nuestra identidad según el contexto. No hablamos igual en todos los espacios, no mostramos todas las partes de nosotros en cualquier situación, no compartimos todos nuestros pensamientos con todo el mundo.

Siempre hemos construido versiones de nosotros mismos.

La diferencia es que ahora esas versiones quedan registradas, acumuladas, visibles.

La nostalgia por experiencias que no hemos vivido puede ser el resultado de haber interiorizado demasiadas imágenes sobre cómo debería ser la vida. Hemos aprendido a desear formas de felicidad que conocemos visualmente antes de haberlas experimentado.

Las imágenes no solo documentan la experiencia, también la anticipan.

Nos enseñan qué esperar.

Nos enseñan cómo debería sentirse algo.

Y cuando la experiencia no coincide con esas expectativas, aparece una distancia difícil de nombrar.

Quizá el problema no sea que existan imágenes generadas, sino que todavía esperamos que las imágenes funcionen como pruebas en lugar de entenderlas como narraciones.

La verdad no desaparece porque una imagen esté mediada por una herramienta. La verdad siempre ha estado mediada por un lenguaje.

Tal vez estamos entrando en una etapa donde la realidad no deja de existir, pero sí deja de parecer estable.

Donde necesitamos asumir que toda imagen contiene una intención, que toda representación implica una decisión, que toda narrativa construye una versión posible del mundo.

No necesariamente falsa.

No necesariamente completa.

Una versión.

Quizá la cuestión no sea cómo distinguir lo real de lo ficticio, sino cómo aprender a vivir en un territorio donde ambas cosas siempre han estado mezcladas.

Quizá no estamos ante el fin de la verdad, sino ante el fin de la ilusión de que la verdad era una imagen limpia, directa y sin mediación.

Tal vez estamos empezando a entender que la realidad siempre ha necesitado ser contada.

Y que toda historia, incluso cuando intenta ser fiel a los hechos, también es una forma de ficción.

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Garbi KW propone un trabajo híbrido entre muchas disciplinas dispares: arte urbano, diseño, arte, publicidad, cine, instalaciones, collages, videoarte, cartelismo, pintura, lustración, actos performativos, moda, etc.

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