Siete intentos de volver a empezar
Durante los últimos meses he estado construyendo un territorio nuevo sin saber muy bien qué forma iba a tomar. No era una estrategia, ni un cambio de marca, ni una reinvención limpia. Era más bien una necesidad física de desplazarme hacia otra estética, como cuando el lenguaje que utilizabas ya no sirve para explicar lo que te está pasando por dentro.
El primer centro fue Music Box.
Necesitaba una imagen más frágil, más extraña, más cercana a la infancia pero sin nostalgia cómoda. No la infancia idealizada, sino la infancia como lugar roto, lleno de objetos que no sabes muy bien por qué siguen afectándote. Símbolos aparentemente simples que, al mirarlos demasiado tiempo, empiezan a volverse inquietantes.
Music Box nació como una especie de archivo emocional reducido a mecanismo: melodías mínimas, repeticiones, pequeñas cajas de música digitales donde todo parece delicado pero algo está ligeramente desplazado. Como si la memoria estuviera comprimida en un formato demasiado pequeño.
La idea inicial eran diez discos.
Diez variaciones sobre ese mismo temblor.
Pero durante el proceso entendí que el número también puede ser una ficción de control. Ahora mismo lo cerraré en siete. Siete parece más honesto con el material, más coherente con la sensación de ciclo incompleto que atraviesa toda la serie. El cierre será un vídeo largo, de horas, una especie de condensación donde todas las piezas se pliegan sobre sí mismas hasta convertirse casi en textura.
Music Box no era solo un proyecto musical, era una forma de situarme en otro lugar perceptivo.
Después el foco empezó a desplazarse.
Apareció Technocrazy, que en realidad no surge como ruptura sino como evolución bastante lógica de los loops. Si Music Box trabajaba con repetición íntima, Technocrazy necesitaba empujar esa repetición hacia algo más físico, más visual, más cercano a la experiencia de manipular imagen en tiempo real.
Hay algo de mi juventud como VJ que vuelve aquí, pero no como revival, sino como mutación. Los loops dejan de ser únicamente sonido y empiezan a pedir interferencias, efectos, capas que generan otra temporalidad. Una repetición menos melancólica y más nerviosa, más artificial, más consciente de su propia condición digital.
El problema aparece cuando el desplazamiento entre universos se hace visible desde fuera antes de que cada uno haya terminado de asentarse. Desde dentro todo parece parte del mismo proceso, pero desde fuera puede parecer fragmentación.
Mientras tanto, sigue pesando una parte importante de mi trabajo que tiene una dimensión más explícitamente política y queer. Queer People empezó hace ya un año y no ha desaparecido, simplemente convive con otros lenguajes que no siempre son leídos en esa clave de forma inmediata.
Hay proyectos que funcionan como núcleo temporal y otros que orbitan como satélites:
Queerllages, Arcade, Pink Punk.
No los entiendo como líneas separadas sino como zonas de investigación donde algunas ideas encuentran forma antes de migrar a otros lugares. A veces un símbolo aparece en un collage y meses después reaparece transformado en un vídeo o en una pieza sonora.
En paralelo estoy desarrollando muchas pruebas que no necesariamente se publican. Exploraciones formales, combinaciones estéticas que hace unos años eran imposibles de producir con este ritmo. La aparición de la IA en mi proceso no tiene que ver con buscar resultados perfectos, sino con poder iterar de manera casi obsesiva.
Pruebas.
Archivo.
Ensayo y error.
La posibilidad de generar variaciones rápidamente ha cambiado mi forma de investigar. Algunas imágenes existen solo durante unos minutos antes de ser descartadas, otras quedan archivadas como semillas que quizá nunca germinen.
Durante mucho tiempo pensé que ciertas estéticas no llegarían a materializarse porque requerían infraestructuras o equipos que no estaban a mi alcance. Ahora aparecen de forma parcial, imperfecta, a veces deformada, pero suficiente para intuir hacia dónde podrían evolucionar.
Nada es definitivo en esta fase.
Algunas líneas se consolidarán y otras quedarán como estratos de un proceso que solo tendrá sentido al mirarlo con distancia. Me interesa esa acumulación irregular, esa sensación de que el trabajo no se organiza en una narrativa lineal sino en capas que se contaminan entre sí.
Tengo bastante claro que el resultado final no será ninguno de estos proyectos por separado.
Será una mezcla.
Una estructura donde convivirán restos de Music Box, fragmentos de Technocrazy, ecos de Queer People, residuos visuales de Pink Punk, imágenes que todavía no sé cómo nombrar. Algunas formas desaparecerán porque ya habrán cumplido su función dentro del proceso. Otras aparecerán sin haber sido anunciadas previamente.
No me interesa mantener todos los universos activos para siempre.
Algunos quedarán como archivo, como documentación de una transición necesaria.
Lo que sí permanece es la intuición de que este movimiento constante forma parte del mismo cuerpo de trabajo.
No estoy buscando coherencia inmediata sino una coherencia que solo se vuelva visible con el tiempo, cuando las piezas empiecen a hablar entre ellas sin necesidad de explicación.
Trabajo en la idea de un futuro más estable que no tiene que ver con repetirme, sino con reconocer qué elementos merecen seguir desarrollándose y cuáles pueden descansar como parte del recorrido.
El proceso que estoy desarrollando ahora mismo, también en diálogo continuo con herramientas de inteligencia artificial, tiene algo de laboratorio abierto. No como promesa de novedad tecnológica, sino como posibilidad de ampliar el campo de pruebas sin pedir a cada experimento que se convierta automáticamente en obra final.
Me interesa sostener ese espacio intermedio donde todavía no todo está resuelto.
Porque es ahí donde empiezan a aparecer formas que antes no tenían lugar.