El aplauso fácil en los Premios Goya
Estaba viendo los Premios Goya cuando el equipo que había ganado el premio al mejor cortometraje de animación subió al escenario. El corto se llama Gilbert y sus creadores son Alex Salu, Arturo Lacal y Jordi Jiménez. Durante el discurso de agradecimiento explicaron que la película había sido gestada en un taller para personas desempleadas y aprovecharon el momento para reivindicar el valor de la educación pública y de una formación académica accesible para toda la población. Fue un gesto bonito y muy aplaudido.
Sin embargo, el momento que provocó la reacción más entusiasta del público llegó cuando hablaron de la técnica con la que habían realizado el cortometraje. En su intervención defendieron el carácter artesanal de la obra y dijeron literalmente: “Es un corto hecho en stop motion, es decir, con lentitud, con pasión, con reflexión, con amor y con artesanía. Y nada de esto se puede hacer con Inteligencia Artificial”.
La sala estalló en aplausos.
Fue uno de esos aplausos largos y seguros que no parecen surgir tanto de una obra concreta como de una posición moral compartida. Mientras escuchaba ese momento no podía evitar pensar que esa escena ya la había visto muchas veces antes, aunque con otras tecnologías y en otras épocas.
Cuando el cine digital comenzó a imponerse, muchos directores defendían que rodar en película química era la única forma auténtica de hacer cine. Cuando aparecieron las tablets y los programas de ilustración digital, no faltaron quienes insistían en que dibujar con una pantalla no era realmente dibujar. Algo parecido ocurrió cuando los sintetizadores empezaron a ocupar un lugar central en la música: durante años hubo músicos convencidos de que la música electrónica era fría, artificial y carente de alma.
La historia del arte está llena de estos momentos en los que una herramienta nueva se convierte, de repente, en una cuestión moral. Lo que antes era simplemente una tecnología pasa a representar una amenaza cultural. Entonces aparecen discursos que establecen divisiones muy claras: lo auténtico frente a lo artificial, lo humano frente a la máquina, lo noble frente a lo sospechoso.
En distintos momentos se dijo que la pintura era el verdadero arte mientras que el graffiti era vandalismo, que Internet no podía producir obras serias, que los NFTs eran una estafa o que ciertas prácticas digitales no podían considerarse creación. Hoy el foco se ha desplazado hacia la Inteligencia Artificial generativa, que se ha convertido en el nuevo enemigo perfecto.
No tengo ningún problema con que alguien prefiera trabajar con técnicas tradicionales como el stop motion. De hecho, es una forma de animación extraordinariamente bella. Tiene algo profundamente humano: manos manipulando objetos, pequeños movimientos acumulados, paciencia, tiempo invertido plano a plano. Todo eso produce una materialidad muy particular que resulta fascinante.
Lo que me resulta más problemático es la simplificación del discurso que a veces acompaña a la defensa de ese tipo de procesos. La idea de que determinadas herramientas garantizan automáticamente profundidad artística o sensibilidad humana me parece, como mínimo, ingenua. Como si el cariño dependiera del instrumento que se utiliza o como si la lentitud fuera una garantía automática de reflexión.
La realidad del arte es mucho más compleja. Existen obras que han tardado años en completarse y que, sin embargo, no consiguen transmitir nada especialmente relevante. Y también existen trabajos realizados con enorme rapidez que terminan transformando una época o abriendo un nuevo lenguaje.
Por eso el aplauso que escuché en esa sala me resultó curioso. No era tanto un aplauso dirigido a una película concreta como una forma de celebrar una cierta tranquilidad moral. La tranquilidad de pensar que todavía es posible dividir el mundo artístico en categorías simples: lo artesanal frente a lo artificial, lo humano frente a lo tecnológico.
Sin embargo, el arte nunca ha funcionado realmente de esa manera. Si algo caracteriza a los artistas a lo largo de la historia es su capacidad para apropiarse de nuevas herramientas. La fotografía fue acusada de matar la pintura. El cine fue acusado de matar el teatro. La televisión fue acusada de matar el cine. Internet fue acusada de destruir todo lo anterior.
Nada de eso ocurrió.
Lo único que cambió fue el lenguaje con el que las imágenes se producen y circulan.
Pensándolo mejor, lo que más me llamó la atención de ese momento en los Goya no fue el discurso en sí, sino la reacción colectiva que provocó. Ese tipo de aplauso aparece cuando una comunidad cultural reconoce una consigna con la que se siente cómoda. Es un fenómeno que se repite con frecuencia en la historia del arte: de repente, un grupo de profesionales decide qué herramientas son legítimas y cuáles no lo son.
Y casi siempre se equivoca.
Las revoluciones estéticas rara vez nacen en el centro de las instituciones culturales. Normalmente aparecen en los márgenes, en lugares incómodos o en tecnologías que al principio resultan sospechosas. El sintetizador parecía una máquina fría antes de transformar completamente el sonido de la música popular. El sampler fue considerado durante años una forma de robo antes de convertirse en el corazón del hip hop. Photoshop fue visto inicialmente como un truco antes de convertirse en el lenguaje visual dominante de toda una generación de artistas y diseñadores.
La Inteligencia Artificial generativa se encuentra ahora exactamente en ese punto de sospecha cultural. No todo lo que se produce con ella es interesante. De hecho, la mayoría de lo que aparece actualmente es bastante mediocre. Pero eso también fue cierto cuando aparecieron el videoarte, el net art o muchas corrientes del arte conceptual. La mayor parte de cualquier campo creativo siempre es ruido.
Lo interesante nunca ha sido la herramienta en sí, sino lo que ocurre cuando un artista decide explorar el conflicto que esa herramienta genera. En ese sentido, trabajar con una tecnología polémica siempre ha tenido algo profundamente punk. El espíritu punk no consistía solamente en hacer música agresiva o ruidosa, sino en aceptar que lo que estabas haciendo podía ser considerado amateur, vulgar o inútil y seguir adelante igualmente.
Muchos términos que hoy se consideran estéticos nacieron como insultos. Palabras como noise, camp, kitsch o cultura trash fueron inicialmente formas de descalificar ciertos trabajos. Con el tiempo, sin embargo, esas mismas etiquetas terminaron describiendo movimientos artísticos completos.
Cuando alguien afirma que algo es “basura”, muchas veces no está hablando realmente de la calidad de la obra. Lo que está señalando es el miedo a perder el control sobre un determinado lenguaje cultural. La Inteligencia Artificial produce precisamente ese tipo de inquietud porque cuestiona algo que durante siglos parecía relativamente estable: la relación entre el artista y la producción de imágenes.
De repente las imágenes pueden generarse con una velocidad y una cantidad que antes resultaban inimaginables. Se combinan con archivos visuales inmensos, se mezclan con otras referencias, se transforman continuamente. El proceso creativo cambia.
Pero el arte siempre ha sido un campo de tensiones entre herramientas nuevas y sensibilidades heredadas.
Según el nuevo reglamento, solo podrán optar a los premios aquellas producciones cuya creación y desarrollo artístico estén liderados por personas físicas identificables. La Inteligencia Artificial puede utilizarse como herramienta de apoyo, pero no puede generar elementos fundamentales de la obra sin supervisión humana directa ni sustituir la intervención creativa sustancial.
Esto significa que guiones generados completamente por algoritmos, montajes automatizados sin dirección artística, actuaciones creadas mediante deepfakes sin consentimiento o música y efectos producidos íntegramente por sistemas automáticos no podrán competir en los premios.
La decisión ha generado un debate intenso dentro de la industria. Para muchos profesionales se trata de una medida necesaria para proteger la autoría, los derechos de los creadores y la integridad artística del cine. Otros consideran que la norma puede resultar excesivamente restrictiva y que corre el riesgo de frenar ciertas formas de innovación.
En el fondo, la discusión gira alrededor de una pregunta difícil: cómo definir la autoría humana en una época en la que prácticamente todas las herramientas creativas son tecnológicas.
El óleo fue una tecnología.
La cámara fue una tecnología.
El ordenador fue una tecnología.
Cada una de ellas transformó radicalmente la manera de producir imágenes y sonidos.
Pero ninguna de esas herramientas creó talento.
El talento nunca ha dependido realmente de la tecnología utilizada. Tiene más que ver con la sensibilidad, con la mirada, con la capacidad de organizar el caos de experiencias e imágenes que conforman el mundo.
Por eso siempre me resulta curioso cuando alguien afirma con total seguridad que determinadas cosas “no pueden hacerse” con una herramienta concreta. Si una herramienta fuera realmente incapaz de producir obras con sensibilidad o profundidad, simplemente dejaría de utilizarse.
Porque al final lo único que permanece no es el proceso, ni la técnica, ni siquiera la polémica que rodea a una obra.
Lo único que permanece es la obra misma.
Y el problema, históricamente, nunca ha sido la herramienta.
El problema siempre ha sido el talento.