La normalidad fue el disfraz más eficaz

Hay una forma de violencia que ya no necesita imponerse por la fuerza porque ha aprendido a organizarse como costumbre. Es la que atraviesa el presente con la suavidad de lo inevitable, con la eficiencia del lenguaje técnico, con la tranquilidad con la que se anuncian las previsiones económicas o el tiempo del fin de semana. Vivimos en un momento en el que la guerra ya no irrumpe como ruptura sino que se administra como continuidad, como si formara parte del funcionamiento natural del mundo, como si siempre hubiera estado ahí y lo único que cambiara fueran los nombres, las coordenadas y el vocabulario con el que se la vuelve digerible.

El presente se escribe con titulares que duran horas y con muertos que duran menos. Gaza, Ucrania, Sudán, Yemen —la lista es larga y siempre incompleta— aparecen como puntos luminosos en el mapa de una conversación global que se desplaza con rapidez indecente de un desastre a otro. El ritmo es parte del problema: no hay tiempo para comprender, solo para reaccionar; no hay espacio para pensar, solo para posicionarse. Y mientras tanto, el lenguaje oficial continúa perfeccionando su capacidad de neutralizar la experiencia humana. A la devastación se la llama operación, al exterminio se lo traduce como daño colateral, a la ocupación se la presenta como seguridad, y a la continuidad del negocio se la disfraza de reconstrucción.

Lo inquietante no es únicamente la brutalidad —que siempre ha sido obscena— sino la facilidad con la que se vuelve razonable. Se habla de escaladas inevitables como si la historia fuera una catástrofe meteorológica y no una sucesión de decisiones tomadas por estructuras concretas con intereses concretos. Se insiste en la prudencia mientras se normaliza lo intolerable, y se exige moderación a quienes señalan la evidencia de que el sistema que habitamos no solo permite la violencia sino que depende de ella para sostenerse. El capitalismo contemporáneo ha dejado de ocultar su relación con la guerra porque ya no lo necesita: la integra como parte de su respiración.

Las guerras de ahora no son anomalías del sistema, son su forma más clara de funcionamiento. Sostienen mercados energéticos, reordenan rutas comerciales, justifican presupuestos militares obscenos, estabilizan monedas y disciplinan poblaciones enteras a través del miedo. Lo que se presenta como crisis es muchas veces reorganización; lo que se llama defensa es con frecuencia expansión; lo que se vende como progreso suele dejar detrás territorios irreconocibles y vidas imposibles de recomponer. La violencia ya no necesita legitimarse en la épica: le basta con aparecer como gestión.

En ese contexto, lo verdaderamente perturbador es nuestra capacidad de adaptación. Hemos aprendido a convivir con cifras de muertos como quien sigue el índice bursátil. La distancia tecnológica nos permite mirar sin mirar: drones, gráficos limpios, mapas que sustituyen a los cuerpos. Incluso el dolor ha sido optimizado para circular mejor. Todo se convierte en dato, en narrativa, en tendencia, en ruido de fondo. Y sin embargo, bajo esa superficie ordenada persiste una incomodidad difícil de nombrar, una conciencia difusa de que algo no encaja, de que la normalidad en la que vivimos está construida sobre una violencia que preferimos no examinar demasiado.

Escribo desde esa incomodidad. Desde la sospecha de que el mundo que soportamos no se mantiene por consenso sino por desgaste. Desde la intuición de que muchas de las palabras que usamos —progreso, seguridad, estabilidad— funcionan más como anestesia que como descripción. Y también desde la certeza de que lo que se presenta como inevitable casi siempre fue diseñado. Tal vez por eso lo único que me interesa ahora es mirar de frente lo que se intenta suavizar, escuchar lo que el ruido quiere ocultar y recordar, incluso en medio de esta normalidad perfectamente organizada, que ninguna forma de poder ha sido inocente de sí misma.

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Garbi KW propone un trabajo híbrido entre muchas disciplinas dispares: arte urbano, diseño, arte, publicidad, cine, instalaciones, collages, videoarte, cartelismo, pintura, lustración, actos performativos, moda, etc.

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