Las obras que nunca harás

Hay obras que se terminan y otras que se abandonan. Pero existe una tercera categoría, más difícil de explicar y mucho más silenciosa: las obras que nunca vas a hacer. No porque no puedas. No porque no tengas talento, ni herramientas, ni ideas. Sino porque en algún punto de la vida entiendes que ya no te pertenecen.

Durante años pensé que el problema era terminar cosas. Luego creí que era elegir bien. Ahora empiezo a entender que el verdadero aprendizaje ha sido dejar fuera.

Tengo listas enteras —mentales y físicas— de piezas que no existirán nunca: proyectos enormes que imaginé con una intensidad casi religiosa, ideas que parecían inevitables, formatos que defendí durante meses como si fueran la única dirección posible. Algunas eran buenas. Otras no tanto. Da igual. Lo importante es que en algún momento dejaron de tener sentido para quien soy ahora.

Lo más difícil no es abandonarlas: es aceptar que fueron necesarias.

Cuando era más joven me obsesionaba la idea de “hacerlo todo”. El graffiti, los personajes, las instalaciones, los vídeos, los encargos, los formatos híbridos, los experimentos que no entendía nadie. Me movía por acumulación. Quería comprobar cada camino con el cuerpo entero. Y eso fue necesario. Pero también me dejó una enseñanza clara: la mayor parte del trabajo de un artista consiste en decidir qué no hacer.

Hoy miro atrás y veo claramente cosas que entonces no veía. Veo cuánto tiempo dediqué a proyectos que en realidad no quería sostener. Veo cómo me costaba aceptar que una idea podía ser interesante y aun así no ser para mí. Veo también el miedo que había detrás: miedo a perder oportunidades, miedo a desaparecer, miedo a no estar a la altura de lo que yo mismo imaginaba.

Con el tiempo he aprendido algo más útil: una idea no se mide por su potencia inicial, sino por su capacidad de acompañarte durante meses sin desgastarte.

Ahora, cuando pienso en las obras que nunca haré, no siento frustración. Siento alivio. Porque esas obras también han trabajado en mí. Me enseñaron a reconocer mis límites reales, mis ritmos, lo que me interesa de verdad y lo que solo me excita momentáneamente. Me enseñaron que no todo lo que imaginas debe existir fuera de tu cabeza.

En mi caso, abandonar ciertos lenguajes ha sido tan importante como desarrollarlos. El graffiti, por ejemplo, fue un territorio donde aprendí muchísimo, pero también donde entendí que no quería repetir eternamente el mismo gesto. No porque dejara de amarlo, sino porque dejó de ser necesario para seguir avanzando. Lo mismo me ha pasado con formatos, encargos y obsesiones que en su momento parecían definitivos.

Aceptar esto cambia la manera de trabajar. Empiezas a reconocer más rápido cuándo una idea no es para ti. No la fuerzas. No la discutes. No la justificas. Simplemente la dejas en paz.

Y eso no es renunciar. Es afinar.

Creo que a muchos artistas les cuesta hablar de esto porque vivimos rodeados de la narrativa contraria: la del crecimiento constante, la del hacer sin parar, la del éxito como acumulación visible. Pero la experiencia me dice que lo que realmente define una trayectoria no son solo las obras que haces, sino todas las que decides no hacer.

Si algo puedo decir desde lo que he vivido es esto: aprender a dejar fuera no te hace más pequeño. Te hace más claro.

Las obras que nunca harás no son un fracaso.
Son la forma que tiene tu trabajo de protegerse. 🖤

Written by:

Garbi KW propone un trabajo híbrido entre muchas disciplinas dispares: arte urbano, diseño, arte, publicidad, cine, instalaciones, collages, videoarte, cartelismo, pintura, lustración, actos performativos, moda, etc.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *