Algunas personas dejan de existir poco a poco
Siempre pensé que las rupturas ocurrían de golpe. Una conversación, una traición, una puerta cerrándose y ya está. Pero no. Hay personas que desaparecen lentamente mientras todavía duermen a tu lado, mientras todavía hacéis planes o mientras seguís compartiendo gatos, rutinas y domingos de supermercado.
Y creo que lo más difícil de aceptar es eso.
No el final.
La lentitud.
La sensación de ir perdiendo algo durante años sin atreverte a mirarlo del todo porque sabes que en el momento en que lo nombres ya no podrás volver atrás. Supongo que por eso aguantamos tantas cosas. Porque a veces es más fácil convivir con una tristeza conocida que aceptar que algo importante se está pudriendo delante de ti.
Yo he sido una persona bastante obsesiva emocionalmente. Mucho más de lo que aparento. Me quedo atrapado en frases, en gestos, en momentos pequeños que seguramente otras personas olvidarían en diez minutos. A veces me gustaría ser más frío o más práctico, pero mi cabeza funciona acumulando capas encima de las cosas. Y cuando alguien entra de verdad en mi vida deja rastros por todas partes. Canciones. Objetos. Imágenes. Hábitos. Formas de hablar. Animales. Lugares que dejan de sentirse iguales aunque cambien muy poco.
Hay pérdidas que no terminan nunca de colocarse del todo.
También pienso mucho en cómo el dolor cambia la percepción que tienes de las personas. Al principio intentas salvar constantemente la imagen que tenías de alguien. Buscas explicaciones, justificas comportamientos, te dices que está confundido, herido o pasando una mala época. Y supongo que parte de eso nace del miedo a aceptar que alguien que has amado muchísimo puede hacerte daño de maneras bastante profundas sin convertirse por ello en un monstruo de película.
Esa es una de las cosas que más me ha costado entender.
Porque cuando una persona te rompe emocionalmente esperas encontrar una explicación gigantesca. Algo definitivo. Una verdad absoluta que coloque todas las piezas en su sitio. Pero muchas veces la realidad es mucho más triste y más simple. Hay gente incapaz de cuidar bien a otras personas aunque las necesite muchísimo. Gente que te abraza mientras te vacías. Gente que no sabe sostener nada que no gire alrededor de sí misma.
Y durante mucho tiempo yo confundí ciertas formas de apego con amor.
Creo que por eso me cuesta tanto olvidar algunas cosas pequeñas. No las grandes discusiones ni los dramas enormes. Hablo de cosas mínimas. Gestos donde entiendes de golpe el lugar real que ocupabas en la vida de alguien. Ahí es donde a veces se rompe algo de verdad.
Supongo que hacerse mayor también consiste en aceptar que algunas personas nunca van a darte el cierre emocional que esperabas. Ni las disculpas perfectas. Ni la comprensión absoluta. Ni ese momento cinematográfico donde todo encaja y ambos reconocen exactamente el daño que se hicieron.
A veces simplemente tienes que seguir viviendo con la versión incompleta de la historia.
Y sinceramente creo que una parte de mí todavía está aprendiendo a hacer eso sin convertir el dolor en el centro de toda mi identidad.
Porque aunque haya pasado por momentos bastante oscuros, también siento que sigo aquí. Y no de una forma pequeña precisamente. He cambiado muchísimo estos últimos años. Mi forma de crear, de relacionarme, de mirar el mundo y de mirarme a mí mismo también. Hay cosas que ya no puedo fingir. Sensaciones que ya no puedo volver a esconder debajo de una estética bonita o de hacer como si nada me afectara.
Y aun así me sigue interesando muchísimo la ternura.
Eso me sorprende bastante.
Después de todo sigo buscando belleza constantemente. En canciones, en cuerpos, en imágenes absurdas, en animales, en luces de madrugada, en personas raras intentando sentirse queridas aunque no sepan muy bien cómo hacerlo. Supongo que si sigo haciendo cosas es porque todavía creo un poco en eso. En la posibilidad de encontrar algo real entre tanto ruido emocional acumulado.