Archivo en movimiento
A veces entro en el canal por la noche y tengo la sensación de estar viendo la cabeza de otra persona. Como si todo eso no lo hubiese hecho yo sino una versión mía que lleva años encerrada en una habitación acumulando símbolos, canciones, muñecos rotos, músculos de mentira, osos de peluche, porno triste, vírgenes fluorescentes y renders rosas hasta construir una especie de televisión emocional infinita.
Y supongo que un poco sí soy esa persona.
Últimamente estoy subiendo muchísimo contenido y sé que desde fuera puede parecer ansiedad, hiperactividad o simplemente alguien intentando alimentar el algoritmo constantemente para no desaparecer. Y la verdad es que seguramente hay algo de eso también. Internet te convierte el cerebro en una cosa rarísima. Todo el rato piensas que si desapareces una semana la gente se olvida de ti, que si no subes algo alguien ocupará tu lugar, que si el ritmo baja el proyecto se enfría. Es agotador vivir así y aun así me he dado cuenta de que también necesito ese movimiento constante porque cuando paro demasiado tiempo empiezo a obsesionarme con si todo esto tiene sentido o no.
Y sinceramente creo que prefiero seguir haciendo cosas antes que quedarme quieto pensando.
Además ya no veo el proyecto como una colección de piezas individuales. Lo veo más como un archivo enorme que sigue creciendo y deformándose solo. Hay vídeos más grandes y otros más pequeños, claro, pero me gusta que todo conviva. Un official video trabajado durante semanas al lado de un loop raro de dos minutos donde solo hay un cuerpo respirando bajo una luz rosa. Una retransmisión de tres horas mezclada con un collage absurdo hecho a las cuatro de la mañana mientras escucho música makina vieja y miro imágenes de santos musculosos, muñecos de los noventa o fotos de culturistas gays pasados de filtro.
Todo acaba entrando dentro del mismo universo.
Y creo que precisamente lo que más me interesa ahora es eso. La sensación de mundo. Que entres al canal o al Instagram y parezca que todo viene del mismo sitio mental aunque cambie el formato. Antes me obsesionaba mucho más demostrar que podía hacer “obras importantes”. Ahora me interesa más construir una identidad tan clara que incluso las piezas rápidas parezcan parte de algo vivo.
También porque la realidad es mucho menos romántica de lo que la gente imagina. Hay días donde hago una portada increíble y otros donde estoy exportando veinte loops porque necesito mantener el canal activo mientras saco música nueva. Y no quiero volver a la época donde hacía un vídeo cada dos meses, desaparecía, me bloqueaba y sentía que el proyecto se moría lentamente mientras yo esperaba hacer la pieza maestra definitiva que nunca llegaba.
Creo que esa idea me hizo muchísimo daño durante años.
La necesidad de que todo fuese perfecto, trascendental o validado por gente supuestamente más seria que yo acabó convirtiendo muchas cosas en sufrimiento. Ahora me interesa más trabajar desde la acumulación. Desde la repetición. Desde la insistencia. Hay algo muy bonito en mirar atrás y ver cientos de vídeos, canciones, personajes y símbolos creciendo unos encima de otros como si el proyecto tuviera memoria propia.
Además empiezo a notar cosas que antes no existían. Gente que vuelve. Personas que entienden referencias internas. Comentarios hablando de vídeos perdidos que subí hace meses. Canciones que empiezan a moverse solas. El canal creciendo poco a poco. La música muchísimo más que antes. Y aunque todavía me cuesta sentir comunidad real porque internet muchas veces reduce todo a números fríos y gráficos, sí noto que algo se está formando debajo.
Y eso me da bastante fuerza.
Porque durante muchísimo tiempo sentí que hacía cosas completamente invisibles. Subía discos y desaparecían. Hacía exposiciones y me iba a casa sintiendo que todo era temporal. Ahora en cambio siento que el archivo permanece. Que el universo sigue ahí aunque yo duerma, aunque tenga un mal día o aunque suba algo pequeño. Y creo que esa sensación de continuidad era justo lo que llevaba años buscando sin saberlo.
También me hace gracia pensar en cómo han cambiado mis obsesiones visuales con el tiempo. Antes intentaba separar mucho las cosas: esto es serio, esto es ridículo, esto es bonito, esto es demasiado queer, esto es demasiado sexual, esto es demasiado triste. Ahora ya no me interesa ordenar nada de esa manera. Mi cabeza funciona mezclándolo todo constantemente. La cultura club con imágenes religiosas. El porno con la ternura. Los cuerpos hipermasculinos con peluches infantiles. La masculinidad de gimnasio con maquillaje barato y habitaciones medio vacías. Los muñecos de plástico con canciones melancólicas. La estética cutre de internet con imágenes que parecen sueños artificiales.
Y cuanto más dejo que todas esas cosas convivan sin intentar justificarlas intelectualmente, más siento que el proyecto se parece a mí de verdad.
Supongo que también por eso ya no me preocupa tanto si algo parece demasiado raro, demasiado artificial o demasiado excesivo. Creo que gran parte de mi vida la pasé intentando traducirme para que los demás entendieran mejor lo que hacía. Y ahora sinceramente me interesa más construir un lugar donde todo eso exista junto aunque a veces sea incómodo, ridículo o difícil de explicar.
Porque al final probablemente el proyecto siempre ha ido de eso.
De seguir construyendo un mundo propio mientras todo alrededor cambia demasiado rápido.