El aburrimiento desapareció y creo que eso destruyó parte de la creatividad
A veces pienso que gran parte de mi imaginario salió simplemente de pasar demasiadas horas sin hacer absolutamente nada útil.
Y lo digo en serio.
No de “aburrimiento” entendido como mindfulness elegante o desconexión digital consciente. Hablo de aburrimiento real. Del de mirar el techo de tu habitación durante una hora porque no había nada más pasando. Del de escuchar el mismo disco entero veinte veces porque era el único CD nuevo que tenías ese mes. Del de quedarte viendo videoclips horribles en MTV2 a las tres de la mañana hasta que aparecía algo que te cambiaba un poco la cabeza sin saber muy bien por qué.
Creo que muchísima gente que creció antes de internet permanente desarrolló obsesiones culturales precisamente así. Desde el vacío.
Tardes enteras editando fotos horrorosas en el Fotolog.
Grabando CDs para amigos como si estuvieras haciendo una obra maestra emocional.
Descargando canciones con nombres mal escritos.
Leyendo letras mientras sonaban discos enteros.
Dibujando logos de bandas en carpetas del instituto.
Mirando renders malísimos en páginas cyberpunk hechas por adolescentes depresivos.
Y sinceramente creo que toda esa pérdida de tiempo construía muchísimo más mundo interior del que la gente imagina.
Porque además antes no existía esta presión constante de convertir cualquier interés en productividad inmediata. Ahora parece que todo tiene que servir para algo. Monetizarse. Convertirse en contenido. Explicarse rápido. Optimizarse. Incluso las aficiones parecen pequeños másters de marca personal.
Y sinceramente creo que eso está destruyendo muchísima creatividad rara.
Porque las ideas más interesantes normalmente aparecen cuando la cabeza tiene espacio para obsesionarse con cosas inútiles. No cuando estás permanentemente reaccionando a estímulos nuevos cada quince segundos.
Yo aprendí muchísimo más viendo canales musicales basura durante horas que consumiendo contenido perfectamente pensado para enseñarte algo. Ahí aparecía la mezcla rara. El accidente. Veías un videoclip de Korn, luego uno eurodance cutrísimo, luego publicidad de tarot, luego un anime raro doblado fatal. Todo se mezclaba dentro de la cabeza sin jerarquías culturales claras.
Y creo que por eso mi universo visual funciona como funciona ahora.
Porque nunca aprendí a separar cultura “alta” y cultura basura correctamente. Para mí un render horrible de una discoteca virtual, un videoclip de Placebo, una estampita fluorescente de san Judas y una portada emo hecha en Photoshop en 2006 pertenecen al mismo paisaje emocional.
Además internet antes tenía muchísimo más silencio. Y eso parece una tontería pero cambia completamente cómo se construye una sensibilidad. Había tiempo muerto. Tiempo para obsesionarte. Tiempo para repetir cosas. Tiempo para escuchar el mismo disco mientras mirabas una pared llena de posters y pensabas que tu vida era muchísimo más dramática de lo que realmente era.
Ahora todo parece diseñado para impedir precisamente eso.
Incluso la nostalgia contemporánea me parece un poco falsa porque mucha gente intenta recrear únicamente la estética de los 2000 sin entender que lo importante era el ritmo mental que teníamos entonces. El aburrimiento. La espera. El no saber inmediatamente qué ver después. El tener que quedarte dentro de una obsesión más tiempo porque no existían mil estímulos nuevos empujándote constantemente hacia otro sitio.
Y sinceramente creo que parte de la tristeza actual viene de ahí.
La gente ya casi no desarrolla mundos internos raros porque no tiene tiempo de quedarse suficiente rato dentro de sus propias obsesiones.
Todo desaparece demasiado rápido.
Las canciones duran quince segundos.
Las imágenes un segundo.
Las referencias cambian cada semana.
Incluso las personalidades online parecen construidas para consumirse rápido y ser sustituidas inmediatamente por otra cosa.
En cambio yo sigo sintiendo muchísimo cariño por toda esa cultura medio rota nacida del aburrimiento adolescente. Las intros hechas en Movie Maker. Los AMVs horribles. Los collages emo. Las fotos webcam saturadas de contraste. Los perfiles de MySpace imposibles de leer. Todo ese internet lleno de gente sola intentando fabricar personalidad desde habitaciones pequeñas y ordenadores lentísimos.
Había algo muy humano ahí.
Y supongo que por eso sigo haciendo tantas cosas aunque a veces ni siquiera funcionen demasiado bien. Porque en el fondo sigo creyendo bastante en perder el tiempo obsesivamente con imágenes, sonidos o ideas aunque no tengan utilidad inmediata.
De hecho creo que gran parte del arte sale exactamente de ahí:
de personas incapaces de dejar tranquilas ciertas obsesiones mientras el resto del mundo intenta volverse cada vez más eficiente.